Manifiesto Zambra, Pablo Natale (La voz del Interior)

Hay quienes nos alertan que si todo sigue así desaparecerán los árboles del mundo. También hay quienes dicen que nunca hubo tantos libros como en los últimos años, y otros que dicen que los libros, tal como los conocemos, se están extinguiendo. Hay quienes se alarman porque nadie lee y mientras tanto está lleno de personas que navegan de un lado a otro, como si sus cabezas fuesen un videoclip. Hay una nueva generación de escritores en todos lados, y las rutas están llenas de carteles que nos dicen dónde ir, siguiendo las reglas de siempre.

A modo de intervención sobre todo lo anterior, se levantan los libros de Alejandro Zambra, obras minúsculas que exceden los géneros tradicionales y que a la primera lectura se nos caen de las manos como algo frágil y volátil, pero que luego crecen como la hiedra.

“No leer” a primera vista es un conjunto de comentarios, reseñas y apuntes: Zambra escribe sobre las fotocopias, sobre las primeras clases de literatura que uno tiene que sufrir, sobre el oficio de estar solo, sobre viajar con libros, y también sobre Bolaño, Puig, Barón Biza, Cortázar, Coetzee, Buzzati, Millán, Lee Masters, Macedonio y muchos más. Lo que encuentra en ellos no son anécdotas biográficas jugosas o relatos dignos de resumir, sino géneros mixtos, frases, balbuceos, una guerra silenciosa contra las modas y tendencias y, ante todo, enfrentamientos íntimos con el lenguaje.

“Así nos enseñaron a leer. A palos”, escribe Zambra. “Se habla muy poco sobre las palabras”, escribe. “Mientras sus contemporáneos seguían firmando versiones rutinarias de la gran novela latinoamericana, él construía una literatura nueva, irreductible”, lee y escribe.

De ese modo, “No leer” es una anti-novela policial en la que lo vemos rastrear y pensar en voz baja como un detective. Es un tratado de botánica en el que recoge las frases que ama, es el mapa de un jardín escondido y es, finalmente, una especie de auto-reseña, como aquella que escribió Bellatín sobre Kawabata (cambiando su nombre por el del japonés) o como la famosa entrevista que Capote se hizo a sí mismo.

A medida que lo leemos, “No leer” se transforma en un libro fundamental de Zambra, en la cocina en que escribe (y escribirá) su propia obra, como si asistiéramos a una especie de reality en el que lo vemos leer y entrenar hasta dar con sus propias reglas y con un manifiesto silencioso que nunca leeremos.

La voz del interior, september, here.

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El territorio y el mapa, Patricio Pron

Aunque no estoy seguro de ello, creo haber dicho ya en alguna oportunidad que no tengo la impresión de que el ensayismo de los autores de mi (llamémosla) “generación” esté a la altura del de las generaciones precedentes. Admito excepciones, desde luego (la más notable, La fábrica del lenguaje S.A. del mexicano Pablo Raphael), pero, si acaso, esas excepciones confirman una regla (todas lo hacen) que podría formularse de la siguiente forma: a una ficción de bajísima intensidad le corresponde un ensayismo igualmente huero, a menudo el refugio de aquellos escritores que, habiendo fracasado en la creación de libros de ficción, se han refugiado en la escritura acerca de las teleseries, la creación en la Red o un cierto estadio posterior a la poesía que (sorprendentemente) sólo parecen conocer aquellos autores que menos saben sobre poesía. Nada de esto es novedoso, desde luego, así que el ensayismo de mi “generación” ni siquiera puede jactarse de fracasar de forma original, pero supongo que así son las cosas.

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Naturalmente, hay excepciones. No leer del chileno Alejandro Zambra (publicado originalmente por las Ediciones de la Universidad Diego Portales en 2010) es una de ellas. A la calidad de Zambra como lector (bien conocida por los lectores de los medios chilenos en los que ha colaborado, aunque un poco menos fuera de su país de origen), se le suma algo que posiblemente parezca innecesario mencionar pero que no lo es en el marco de esta “generación”: Zambra ha leído, y no sólo a los autores centrales de la tradición latinoamericana (Jorge Luis Borges, Roberto Bolaño, Alfredo Bryce Echenique, Vicente Huidobro, Enrique Lihn, Gonzalo Millán, Pablo Neruda, Nicanor Parra, Julio Ramón Ribeyro), también ha leído a los “raros” de esa misma tradición (César Aira, Macedonio Fernández, Mario Levrero, Clarice Lispector, Alejandro Rossi) y su lista de escritores extranjeros de referencia es amplia y a menudo desconcertante: J.M. Coetzee, Gustave Flaubert, Natalia Ginzburg, Yasunari Kawabata, Franz Kafka, Paul Léautaud, Edgar Lee Masters, Yukio Mishima, Cesare Pavese, Ezra Pound, Junichiro Tanizaki. También son desconcertantes algunos de sus entusiasmos (Julio Cortázar), pero sobre todo el tipo de mirada que propone en este libro, cuyo asunto central no consiste tanto en las obras y los autores de los que Zambra habla aquí sino más bien en su forma de leerlos.

No leer se detiene, en ese sentido, en la materialidad de la experiencia de lectura (la existencia de los borradores, las fotocopias, la elección del título, las listas de lecturas obligatorias, el desplazamiento con libros, el escuchar leer) y constituye una especie de manual implícito de adquisición de los medios para la lectura. Aquí Zambra no analiza precisamente los libros de los que habla sino más bien (podría decirse) su forma de analizar los libros, lo que genera durante la lectura una rara intimidad, a la que también contribuye el humorismo que impregna la obra, que es un humorismo sutil y enormemente serio; es decir, muy chileno. Zambra ve las potencias de la literatura incluso en aquello que otros consideran deficiencias (su defensa de la falta de reflexión literaria en la correspondencia de Manuel Puig y sus implicaciones para la interpretación de su obra es modélica) y sobre su visión de la literatura planea un estilo necesariamente más expansivo que el de sus libros de ficción, a los que sirve de antesala, pero no por ello menos exquisito.

Aunque hace unos años aún era un territorio por descubrir y de posibilidades insospechadas, lo cierto es que ya podemos intuir llegados a este punto qué extensión tiene el territorio de la literatura en español producida por la que (repito) podemos llamar mi “generación”; Julián Herbert, Alejandro Zambra, Juan Terranova, Pablo Raphael, Gonzalo Torné, Juan Sebastián Cárdenas, Alejandra Costamagna, Javier Montes y Rodrigo Hasbún señalan, en ese sentido (y de formas muy diferentes), cuáles son los límites de ese territorio, que otros habitan sin expandir sus fronteras, y, en ese sentido, No leer invita al descubrimiento de ese mismo territorio y de uno de sus principales creadores.

 

 

Here.


Ni pasos dejo

Me gustaba la misa. Nunca me obligaron a ir, de hecho casi siempre iba solo, por extraño que suene ahora. La verdad es que me cuesta imaginar esas numerosas mañanas de domingo pasadas en la iglesia, que en rigor no era una iglesia sino el gimnasio de un colegio de monjas. Un par de amigos se burlaban de mí, pero no me importaba: tenía 8 años, creía firmemente en Dios y me parecía que ir a misa era algo más bien divertido. Por lo demás, me sabía los parlamentos de memoria, aunque había partes que oía mal. Cuando el cura decía “Mi paz os dejo, mi paz os doy”, por ejemplo, yo entendía “Ni pasos dejo, ni pasos doy”, y no entendía la imagen pero me agradaba pensar en ese Jesús inmóvil y un poco misterioso.
Otro momento favorito era cuando todos decían: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa”. Esa frase era, para mí, la expresión máxima de la cortesía y de la elegancia, así que durante un tiempo la adopté. Recuerdo el ataque de risa que le dio a mi mamá cuando una tarde le abrí la puerta y le dije, con toda la solemnidad del mundo, “madre, no soy digno de que entres en mi casa”. Y por supuesto repetí la broma hasta agotar la paciencia de todos. Lo demás no lo decía, porque eso de que bastara una palabra para sanarnos me sonaba exagerado o me intimidaba, pero quiero pensar que justamente entonces tuve la intuición de que en el lenguaje había un cierto poderío, alguna posible secreta eficacia.
Eso era lo que me gustaba de la misa: que las palabras cumplían una función distinta, que de algún modo brillaban. Me sucedía también con experiencias menos solemnes, como cuando escuchaba algunas frases mal traducidas o mal pronunciadas y por eso mismo maravillosas en las canciones de Roberto Carlos y de Adamo, o con los relatos radiales de Vladimiro Mimica, que embellecía el fútbol al punto de transformarlo en algo bastante más apasionante de lo que en verdad era.
Vladimiro Mimica sigue siendo –aunque por otros motivos– uno de mis ídolos, y no he dejado de creer ni en Roberto Carlos ni en Adamo. Y en cambio hace ya por lo menos veinticinco años dejé de creer en Dios y de ser católico. La historia es más larga y compleja, pero la resumo: a los diez años hice la primera comunión y poco tiempo después me ofrecieron oficiar como monaguillo, de manera que mi relación con la misa se modificó totalmente. La experiencia de estar en el altar y de ayudar en la misa me resultó, no sé muy bien por qué, terrible: me sentía incómodo, me sentía un poco farsante. Lo conversé con el cura, pero él no entendió o yo no supe explicar lo que me pasaba. De pronto me dijo: tú no sabes dar el saludo de la paz. Estás muy serio. Hay que sonreírle a la gente. A la gente le gusta darle el saludo al cura y a los monaguillos. Pero tú estás muy serio.
No sé muy bien por qué esa recomendación del cura, que ahora me parece atendible, entonces me entristeció tanto. Quizás me molestó comprobar que para él la misa también era un espectáculo. Al llegar a casa guardé la túnica blanca en el fondo del ropero, con la absoluta convicción de que no volvería nunca a la iglesia. Y no volví, ni le avisé a nadie. Y tampoco fui a alguna otra parroquia, de hecho desde entonces sólo he estado en misas relacionadas con la muerte de amigos o familiares.
Supongo que la fe nunca se pierde; que se convierte, por ejemplo, en amor a las palabras, a las ideas, y sobre todo a las personas. Como gran parte de los chilenos, pienso que la Iglesia casi nunca está a la altura de lo que significa para la sociedad. Y que por eso mismo su lugar es cada vez menos relevante. Como muchos chilenos, ya no me acuerdo del “Credo” y apenas recuerdo el “Padre nuestro”.

Publicado en La Tercera, 8/4/2012.