Actualidad de “Hamlet”

Es preciso decirlo con alegría, agradecerlo: nuestro trabajo es ideal. Aunque de vez en cuando un editor nos llama y nos pide que seamos más actuales, sabemos muy bien evadir la contingencia; somos capaces, incluso, de dedicar nuestra columna dominical a hablar sobre Hamlet. Por lo demás, si el editor insiste, basta con que agreguemos una o dos frases al final de la columna. Podemos decir, por ejemplo, que al releer algunos pasajes de esa obra maravillosa descubrimos la profunda actualidad de Shakespeare. No es necesario que aclaremos cuáles son esos pasajes tan actuales, pues se sabe que en las secciones de cultura no hay demasiado espacio para argumentar.

Y qué más da, si también sabemos que nadie nos lee. Todos los columnistas de todas las secciones de cultura de todos los diarios del mundo sabemos eso. De puro neuróticos cuidamos la prosa, saboreamos cada adjetivo, perdemos un tiempo valioso decidiendo si dos puntos o punto y coma, y nos duele el corazón cuando descubrimos que se nos pasó alguna errata, o que escribimos mal la palabra idiosincrasia. Pero sabemos que es muy probable que absolutamente nadie lea nuestras columnas. Al principio nos dolía pero ahora nos alegra. Porque qué cansador sería pensar, por el contrario, que lo que uno hace es importante, que mucha gente va a leer, en el diario, lo que decimos. Que tenemos una responsabilidad.

Y a propósito de responsabilidades, hay que cuidar las páginas de cultura. Hay que quererlas. Es verdad que al final alguien embalará las copas o envolverá el pescado con nuestras reflexiones. Pero hay que cuidar estos espacios, porque son escasos y hacemos verdaderos malabares para convivir dignamente con los avisos comerciales. Somos los encargados de darle un poco de brillo al asunto. Nuestro rol es, por suerte, decorativo: nadie nos pide, por ejemplo, que condenemos la prepotencia del ministro Rodrigo Hinzpeter, la brutal intransigencia de Cristián Labbé, el inverosímil conservadurismo de Ena Von Baer. Nadie nos pide que hablemos sobre el presidente Sebastián Piñera, y es un alivio, porque si lo hiciéramos tendríamos que decir quién sabe cuántas cosas desagradables. Afortunadamente no tenemos que pronunciarnos en público sobre la incómoda certeza de habitar uno de los países más desiguales del mundo. Es bueno saber que nadie nos obliga a contar la historia de un país que con mucha rabia y algo de melancolía comprende que lo único que le queda es levantarse.

Es verdad que a veces nos invade cierta inquietud. Dentro de cincuenta o de cien años habrá gente estudiando este tiempo tan oscuro de la Historia de Chile y da un poco de nervio pensar que al revisar los diarios alguien encontrará nuestros nombres y nuestras opiniones sobre la actualidad de Hamlet. Quizás piensen que fuimos cómplices, que fuimos cobardes. Sentimos culpa al imaginar esa escena, quizás porque alguna vez, cuando éramos todavía muy jóvenes e inocentes, fuimos nosotros quienes pasamos la tarde en la biblioteca leyendo los diarios de los años ochenta. Y sentimos una tristeza honda y duradera.

Perdón, no hay para qué ponerse tan graves, tan pesimistas. Para qué pensar tanto en el pasado, o en el presente. Para qué pensar tanto. Para qué pensar. Yo estoy feliz, me parece magnífico tener la oportunidad de hablar sobre Shakespeare, sobre Hamlet, o sobre notables poetas y narradores, sobre novelas realmente buenas. Qué inmenso alivio no tener que reseñar esa novela desoladora y tan mal escrita que desde hace tantos años es Chile.

 

 

Publicado en La Tercera, domingo 25/03/2012.

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Formas de asaltar a Zambra (por Álvaro Enrigue, La Tercera)

El manuscrito de Formas de volver a casa fue trabajado por Zambra durante una larga estancia en Ciudad de México, en la que lo asaltaban casi todos los días. Durante los meses que pasó en el DF cenábamos una o dos veces por semana, en casa: lo robaban tanto que Valeria y yo optamos temprano por ni pisar la calle en su compañía.

Durante esas cenas seguíamos una rutina similar: comentar entre mezcales los episodios de violencia que había padecido desde el último encuentro y enlistar los libros que no habíamos podido terminar de contemporáneos más exitosos que nosotros; pasar a la mesa y el vino discutiendo los defectos y virtudes del “Chupete” Suazo; desmadejarnos en whisky. Al final lo acompañábamos hasta el taxi en que seguro lo asaltarían, ya bajo la luz templada de la aurora.

Durante todas esas noches, ya en la zona del escocés, había siempre un largo capítulo en el que Zambra enlistaba las razones por las que uno no debería ser escritor. He sido su amigo durante suficientes años para saberme de memoria todas sus cantaletas y lo he sido con tanta devoción que las disfruto cada vez más. Me cayó de maravilla cuando platiqué con él por primera vez tomando café en una barriada de Bogotá –en la que no nos asaltaron— y cuando a los pocos días lo leí, pensé que por primera vez en décadas las clases medias latinoamericanas tenían un narrador digno de su distinguida y tibia epopeya. Tal vez debería ser, entre todos los autores de nuestra generación (incluyéndome), el único que no debería dejar de escribir.

Leí el manuscrito de Formas de volver a casa ya que se había ido –y en consecuencia lo habían dejado de robar. Al poco de su regreso a Santiago envió un archivo electrónico con instrucciones de no abrirlo. Lo leí y me pareció, sobre todo, un libro importante: una revisión del trauma de los 70 latinoamericanos cuya deslumbrante inteligencia descansa en la modestia de su perspectiva, en la ternura con que cultiva a sus personajes, en la seca honestidad con que ilumina la enfermedad de una generación que, si sigue siendo latinoamericana, es gracias a que sus padres -los de todos nosotros- colaboraron de un modo más bien triste con algún sistema brutal.

En la hora tan emocionante de las apuestas, me parece que con esta novela Zambra dejará de ser un autor chileno para ocupar un centro que merecía desde La vida privada de los árboles: el de un autor latinoamericano. El asunto me preocupa un poco: seguro cuando venga a presentar a México lo van a empezar a asaltar desde que se suba al avión.

Publicado en La Tercera, mayo de 2011.


Hermosos fumadores

“Escribir es, para mí, un placer complementario al placer de fumar”, decía Julio Ramón Ribeyro, y para mí también lo era: podía fumar sin escribir, desde luego, pero no podía escribir sin fumar. Por eso cuando, a comienzos de enero, dejé de fumar, pensé que corría el riesgo de dejar de escribir.
No sé si escribiendo soy bueno, pero puedo asegurar que fumando era uno de los mejores. Lo digo sin exagerar: yo fumaba muy bien. Yo fumaba con naturalidad, con fluidez, con alegría. Con muchísima elegancia. Con verdadera pasión.

Tampoco podía leer sin fumar. Por eso jamás leí ni escribí en los buses ni en los aviones. Había pasado temporadas largas sin escribir, pero no recuerdo un tiempo en que haya leído tan poco como este verano. Fue necesario, porque, como digo, eran actividades muy asociadas: más o menos a los once o doce años me volví, de forma casi simultánea, un lector voraz y un fumador bastante promisorio.

Luego, en los primeros años de universidad, construí un vínculo más estable entre la lectura y el tabaco. Entonces el poeta Kurt Folch leía a Heinrich Böll y como lo único que yo hacía era imitar a Kurt, me conseguí Opiniones de un payaso, una novela muy bella donde los personajes fumaban todo el tiempo, yo creo que en todas las páginas, o página por medio. Y cada vez que los personajes encendían sus cigarros yo prendía los míos, como si esa fuera mi manera de participar en la novela. Tal vez a eso se referían los teóricos literarios –pensé– cuando hablaban del lector activo, un lector que sufre cuando los personajes sufren y se alegra con sus alegrías, y sobre todo que fuma cuando ellos fuman.

Seguí leyendo a Böll con la certeza de que cada vez que alguien fumara en sus novelas, yo también lo haría. Y creo que en Billar a las nueve y media y en Y no dijo ni una palabra (qué buena es esa), y en Casa sin amo (qué triste), las siguientes novelas de Böll que leí, fumaban incluso más que en Opiniones de un payaso. Fue entonces cuando me volví un fumador compulsivo. Un fumador, para decirlo con precisión, profesional. (No soy tan estúpido como para decir que me volví tan fumador “por culpa” de Heinrich Böll. No: fue gracias a él).

Cuando dejé el cigarro pensé, atemorizado, en una conversación sostenida hace un par de años con mi amigo Andrés Braithwaite (uno de los fumadores más dedicados que conozco), durante un periodo en que él había abandonado nuestro noble vicio. Recordé que en cierto momento Andrés me había dicho, desolado: “Ahora todo es infinitamente más fome”. Me habló en particular sobre la lectura: me dijo que sin fumar ningún libro era bueno, que ya no disfrutaba leyendo. Meses después volví a verlo y me pareció que se veía hermoso cuando encendió un cigarro y me dijo, mirándome a los ojos: “Estoy rehabilitado”. Coincidentemente aquella tarde mi amigo me habló sobre autores fabulosos que acababa de descubrir, sobre novelas impensadas y poemas geniales.

No voy a explayarme aquí sobre los motivos que tuve para dejar de fumar. Basta decir que se relacionan con la cobardía y la ambición. De pronto descubrí que quería vivir más. Qué cosa más absurda, realmente: querer vivir más. Como si uno fuera, por ejemplo, feliz. En fin. Dejé de fumar y a la semana siguiente, cuando tuve que sentarme frente al computador para escribir mi columna, fui incapaz de hacerlo. Más bien: estuve diez horas intentando concentrarme. Esperé hasta último minuto, confiando en que la hora del cierre funcionaría como un aliciente mágico, pero nada. Tuve que llamar muy avergonzado a mis editores, a quienes aprovecho de agradecer su comprensión. Sinceramente pensé que no volvería a leer ni a escribir una línea. Pero esta historia, como se ve, termina bien. Muy de a poco, por fortuna, lo conseguí. Y estoy orgulloso. He vuelto a leer y a escribir. Y a fumar.

 

Publicado en La Tercera, 4 de marzo 2012. Tomado de acá.