La novela de Zambra (por Pedro Gandolfo, El Mercurio)

Un escritor de poco más de treinta años, que ya ha publicado algunos libros, está escribiendo una novela acerca de dos niños que se conocen a principios de los 80, se separan y se reencuentran veinte años después. Esa es la historia, a trazos muy gruesos, de Formas de volver a casa, la tercera novela de Alejandro Zambra (Santiago, 1975). En ella, dos relatos se relacionan no sólo porque el protagonista y narrador del primero es autor del segundo, sino porque elementos de uno se cuelan y espejean en el otro, provocando sutiles fluctuaciones en el lector.

Formas de volver a casa -quizás como debe ser una buena novela- cruza por varios géneros y no pertenece a ninguno: posee algo de novela política (porque las circunstancias históricas coinciden con los años posteriores al golpe militar del 73), pero no es una novela acerca de la dictadura; en ambos relatos, hay un historia de amor, aunque sería inexacto señalar que se trata tan sólo de eso; es una novela de formación de un escritor, de las dificultades escribir, del compromiso y, a la vez, de su malestar con respecto a la literatura y su condena a seguir enlazado a ella.

La primera parte -titulada “Personajes secundarios”- es un bellísimo relato contado desde el punto de vista de un niño de 9 años (cuyo nombre no sabemos) que la noche del terremoto de 1985 conoce en una villa de Maipú a otra niña llamada Claudia, con quien establece una extraña relación puesto que ella le pide espiar a un vecino suyo llamado Raúl. El punto de vista, el misterio y el suspenso están perfectamente logrados. Zambra nos transporta a la mirada y percepciones de un niño sensible y solitario -sin necesidad de intentar imitar su lenguaje infantil- por medio de una prosa adulta, seguramente manejada y con finura literaria. Sigue, así, la lección indicada por Henry James en el prólogo a Lo que Maisie sabía : “Los niños poseen muchas más percepciones que términos para expresarlas; su visión es en cualquier momento más rica, su comprensión constantemente mayor, que el vocabulario que suelen usar o que disponen en total”.

Al sólo ver el título de la segunda parte -“La literatura de los padres”-, el lector intuye que algo grave va a pasar: otro narrador, de entrada, revela que todo lo que hemos leído es ficción suya (cosa que habíamos olvidado) y que ni siquiera está seguro de conservar el nombre de “Claudia” en la novela que está escribiendo. Zambra corre un riesgo al restarle autoridad a su primer narrador, con el propósito de acrecentar la del segundo: un escritor y profesor de literatura atribulado que se parece mucho a él. La honestidad aparece aquí como valor superior: nunca el escritor puede escapar de la literatura (como también aparece al inicio de Bonsái) y es mejor confesarlo lo antes posible. En este segundo relato -que también es, desde luego, ficción literaria- el narrador (cuyo nombre tampoco sabemos) cuenta su relación con su ex pareja, llamada “eme”, con quien intenta una reconciliación, sus lazos con sus padres y su hermana y sus dudas y reflexiones acerca de la novela que está escribiendo y que, en parte, ya hemos leído. La escritura en este capítulo cambia de tono, pero siempre es precisa y económica. Sus reflexiones sobre el oficio del escritor son lúcidas, formuladas no sin humor y engarzan con justeza en la trama.

Cuando en la tercera parte -“La literatura de los hijos”- el autor retoma la historia inicial y relata el encuentro, ya adultos, del primer narrador con Claudia, a pesar de que el misterio y los cabos se resuelven con soltura, el lector ha perdido (o mejor dicho, se le ha quitado) parte de la confianza y el destino de esos “personajes secundarios” (los niños de antaño), resulta disminuido en comparación a lo que ocurre en la cuarta parte -“Estamos bien”- al escritor, a “eme” y su familia.

La estructura de la novela es clara y sólida y, sobre todo, no parece fruto sólo de un ardid. Zambra transmite una sinceridad real: no puede contar una historia sino que, además, quiere contar la historia de la historia. Ambas le interesan, no se sabe cuál más cuál menos. Ya en una, ya en la otra, es sensible, perceptivo, inteligente y atento a los detalles significativos y, en muchos momentos de la obra, el lector siente, como el narrador mismo le dice a un amigo escritor: “Eso no lo inventaste, ocurrió así”.

En este talentoso libro, hay niños que se pierden y adolescentes que se marchan de sus casas y en él se ensaya la posibilidad (o imposibilidad) de volver a casa, de aproximarse e intentar cierta tolerancia hacia los padres, los otros autores de la novela.

 

Publicado en El Mercurio, domingo 22 de Mayo de 2011. Tomado de acá.

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