Inquisición del pasado (Valeria Luiselli, revista Nexos)

Formas de volver a casa, la más reciente novela de Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975), no es la primera ni será la última en ofrecer una relectura de las dictaduras militares latinoamericanas del último tercio del siglo XX, desde el punto de vista de quienes todavía eran niños cuando Pinochet, Videla o el Goyo Álvarez interrumpían las caricaturas para dar sus mensajes televisivos. Es más, parece incluso probable que dentro de diez o quince años absolutamente todos los escritores que crecieron en el cono sur durante los años setenta y ochenta tengan ya su novela de “infancia y dictadura”, y se empiece a sospechar de ellos —justa o injustamente— lo que espetaba Javier Cercas con tan inteligente malicia acerca de las novelas sobre la guerra civil española: “Carburante para la imaginación de los novelistas sin imaginación”. Pero la novela de Zambra es singular. Y lo es en más de un sentido. Su importancia no se circunscribe al pasado que retrata. Su originalidad no radica sólo en el particular punto de vista por el que opta el escritor y ni siquiera en los recursos narrativos que utiliza inteligentemente para recuperar, cuestionar y de algún modo derrumbar ese pasado.

“Mientras los adultos mataban o eran muertos, nosotros hacíamos dibujos en un rincón”, dice con brutal falsa inocencia el narrador de Formas de volver a casa. Con esta entrega, quiera o no, Zambra establece una diálogo con la generación de los padres, una generación entera de personajes secundarios que “ahora les toca, simplemente, comparecer” —como dice en otro momento el protagonista de la novela—. Pero comparecer no tiene que ver aquí más que con los tribunales del fuero íntimo. No se apela a la necesidad de generar un discurso público, ni al perdón histórico, nada de eso. Creo que la generación nacida en los setenta y ochenta ha visto con algo de sano escepticismo la obsesión por cosas como las leyes de memoria histórica; leímos deslumbrados pero con algo de extrañeza meditaciones como la de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal, o las reflexiones de Primo Levi sobre el perdón. No es que esos temas hayan dejado de importar —hay temas y problemas que no caducan nunca porque no se ciñen a contingencias históricas—. Pero queda claro que las guerras y preguntas de los padres ya no son las de los hijos, aunque hayamos crecido con los ecos de algunas de esas cosas. ¿Pero entonces cuáles son nuestras guerras? ¿Cuáles las preguntas? ¿Cómo contar bien una historia de la que nunca fuimos protagonistas?

La pregunta en la médula de Formas de volver a casa tiene que ver con el uso de las palabras y la posibilidad de renovar el lenguaje. Dicho así nada más, parecería una trivialidad. Todas las novelas le apuestan al lenguaje. Pero no todas las novelas reflejan ni son producto de un compromiso paciente con las palabras. Zambra pertenece a esa familia no muy numerosa de escritores que, como César Aira, Mario Levrero o Josefina Vicens, se han dado a la tarea de rescatar las palabras, de escardar la maraña del discurso para devolverles su peso, su sitio. Dice el narrador en las primeras páginas: “Raúl era el único en la villa que vivía solo […] se decía que Raúl era democratacristiano y eso me parecía interesante. Es difícil explicar ahora por qué a un niño de nueve años podía entonces parecerle interesante que alguien fuera democratacristiano. Tal vez creía que había alguna conexión entre el hecho de ser democratacristiano y la situación triste de vivir solo”. La fuerza de esta novela, su potencia, está en la elección de la palabra precisa, en el sutil acercamiento y distanciamiento de los problemas políticos y las cambiantes realidades nacionales a través de la lente del lenguaje, en la manera en que se explora y desnuda ese lenguaje para articular las historias individuales —propias y ajenas— y, fundamentalmente, en la manera en que se usa la lengua para descubrir ante el lector esa intersección entre la historia individual y la historia colectiva que es la buena literatura.

El relato comienza en el terremoto de 1985 en Chile y termina en el temblor de 2010. O tal vez sea a la inversa: empieza en el segundo terremoto y, lentamente, marcha hacia atrás para volver a las ruinas del primero. El protagonista y narrador de la novela es un escritor que trata de regresar a su infancia para contar una historia: una historia ajena que, inevitablemente, también es la suya propia, o que se va volviendo suya a medida que la escribe. Lo que trata de contar el narrador a partir del terremoto de 1985 es la vida de una niña que se llama Claudia, o que tal vez se llame Eme y sea la pareja actual del narrador, pero que en realidad es cualquier niña, cualquier hija de la dictadura que no tuvo una historia particularmente dolorosa ni trágica, pero que al fin y al cabo es su historia y la de su familia. Mientras trabaja a tientas en la historia de Claudia, el narrador lleva un diario esporádico en donde registra el proceso de escritura del libro, anota observaciones sobre sus padres —los de antes y los de ahora—, y esboza reflexiones escuetas pero dolorosas sobre la desintegración de su actual vida en pareja. Algunos episodios del diario y de la vida con Eme, a su vez, se reconstruyen y engarzan de modo distinto para después formar parte la historia de Claudia, en planos simultáneos de ficción.

La novela avanza en capítulos cortos mediante una sucesión de imágenes precisas y el posterior eco o “ruido de las imágenes”, como dice el narrador. Pero no de forma fragmentaria, como han querido ver algunos críticos. En realidad, y hay que decirlo de una vez, esa obsesión contemporánea y no tan contemporánea por llamar “fragmentario” a todo lo que no asemeja una estructura decimonónica, es una sandez. Hay innumerables, infinitas maneras de ordenar una historia. Un relato que no sigue una estructura cronológicamente lineal, no es por consecuencia fragmentario. Lo explica bien Joseph Brodsky en un ensayo: “Cualquier palabra pronunciada requiere algún tipo de continuación. Se puede continuarla de diversas formas: lógicamente, fonéticamente, gramaticalmente o por medio de la rima… lo pronunciado nunca es el fin sino el extremo del habla”. Zambra se sirve de diversas estrategias para hacer avanzar la novela, y no por ello es fragmentario, ni experimental.

No hay artificio engañoso en todo esto. Al contrario, Formas de volver a casa es una novela transparente, que no pretende disimular nada a través de sus mecanismos formales, sino mostrar el proceso incierto y el resultado frágil de su construcción. Las novelas —las buenas novelas, a mi parecer— no reconstruyen ni apuntalan ninguna realidad, sino que ponen de manifiesto la fragilidad y los naturales equívocos de esa realidad. Igualmente, la escritura —la buena escritura— no es un proceso de restauración en el que el escritor deba resanar grietas hasta lograr la superficie homogénea de una trama sin huecos ni vacíos, sino la que deja ver sus fisuras, y la luz que se cuela por entre ellas.

Hay una imagen que de algún modo concentra la materia con la cual se construye lingüísticamente la novela. El narrador recuerda el muro de su escuela, en ruinas tras el terremoto, donde los niños solían pintar frases sueltas: “Pensaba en todos esos mensajes volando en pedazos, esparcidos en la ceniza del suelo —recados burlescos, frases a favor o en contra de Colo-Colo o a favor o en contra de Pinochet”—. Zambra escribe como si escribiera después de un terremoto y anticipando un temblor. En sus tres novelas —Bonsái (Anagrama, 2006), La vida privada de los árboles (Anagrama, 2007) y Formas de volver a casa (Anagrama, 2011)— se tiene la sensación de que nada sobra: no hay ruido, no hay paja. Pero a la vez, y particularmente en la última novela, el lector sabe que camina como por un mundo de escombros. Como si la novela misma —y no sólo la historia que cuenta— estuviera erigida sobre las ruinas de un terremoto. Dice el narrador: “Ahora pienso que es bueno perder la confianza en el suelo, que es necesario saber que de un momento a otro todo puede venirse abajo”.

Tras el terremoto, el niño protagonista de la primera parte de Formas de volver a casa sale a vagar por las calles de Santiago, en busca de algo, no sabe muy bien de qué. Pero sí, tal vez sí sabe bien lo que busca. Tal vez lo digan con exactitud estas palabras de George Steiner: “La mente sale a vagar, arrastrando los pies como un mendigo en busca de palabras que todavía no han sido devoradas hasta la médula, que conserven algo de su vida secreta a pesar de la mendacidad de la época”. Zambra se ha sabido perder en las calles de su infancia para volver al mismo sitio, sabiendo que sólo el lenguaje puede reinventar verdaderamente el mundo.

Publicado en Nexos el 1/10/2011. Tomado de acá.

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