La literatura de los hijos (Miguel Amores, Apuntes críticos)

Lo más perdurable de una dictadura son sus víctimas. No son sus viejas jerarquías sociales, ni sus profundas redes de clientelismo, ni siquiera los hábitos de brutalidad tan firmemente institucionalizados en la policía o el ejército. Lo más resistente a los intentos de una democracia por reconciliar a un país consigo mismo, con su antigua dignidad y su pasado, son las víctimas de una dictadura, que años y aun décadas después seguirán siendo la obra más longeva del régimen, su criatura más perfecta; tanto que el sufrimiento de los padres se contagiará a los hijos, y tanto que el dolor no se limitará al ámbito de los asesinados, los represaliados y los humillados, sino que se extenderá a toda la sociedad. Porque lo más terrible de una dictadura quizá no es que mate, destruya y torture, sino que lo envuelve todo en un silencio ominoso; un silencio que, en mayor o menor medida, impregna hasta los recovecos más íntimos de las relaciones personales. Y de eso no hay quien se libre.

Formas de volver a casa, la tercera novela del escritor chileno Alejandro Zambra (Santiago, 1975), es el relato de hasta qué punto un pasado dictatorial deforma las relaciones humanas. La historia arranca en 1985, en los últimos años del gobierno de Pinochet, y su primer narrador es un niño de nueve años que a través de la extraña relación que entabla con una niña de su vecindad empieza a descubrir los estragos sociales de la dictadura. Posteriormente ese niño crecerá y se convertirá en adulto, en un escritor, que a través de su literatura y también de sus complicadas relaciones con las mujeres y con sus padres tratará de reconciliarse con ese pasado oscuro que no vivió del todo, pero del que no puede escapar, y que marca irremediablemente su presente.

La novela es original por muchos motivos, pero sobre todo por su planteamiento. Y es que Formas de volver a casa aborda el drama del pinochetismo desde una perspectiva inusual: la de los hijos. Es decir, no desde el punto de vista de los partidarios del general o el de sus detractores, sino desde el punto de vista de los que en esos años no eran más que críos que apenas podían intuir lo que estaba ocurriendo en su país. Una generación que se sintió absolutamente orillada y abrumada por la importancia de la lucha de sus padres a favor o en contra del dictador, y que les dejó una conciencia perdurable de personajes secundarios. De este malestar surge lo que Zambra ha denominado literatura de los hijos, y que no es otra cosa que el intento de esta generación de tener voz propia, de sobreponerse a las versiones oficiales de uno y otro lado y componer un relato que les reivindique como protagonistas de su presente. Y también que les haga partícipes de ese pasado.

De este modo, Zambra, que ya triunfó en 2006 con su primera novela, Bonsái, y que se ajusta perfectamente a esa fórmula tan gastada de “una de las voces más destacadas de la joven narrativa hipanoamericana”, compone un libro que se mueve perpetuamente en una zona de sombras. Sombras que arrancan en esa niñez donde las cosas nunca terminaban de encajar y que años después lo siguen contaminando todo. Si en alguna ocasión se ha dicho que la Guerra Civil es ya un género en España, yo me atrevería a decir incluso que es un tono; un tono narrativo hecho de silencios, de reglas no escritas y de dolores soterrados, y sobre el que siempre planea, de un modo u otro, la tristeza y la culpa. Algo muy parecido consigue Zambra en relación al Chile de Pinochet. Asume hasta tal punto el regusto grisáceo que dejan las dictaduras al caer que lo convierte en su tono. Zambra escribe en gris, en personajes secundarios, en nostalgia de lo no vivido y en cierto deseo freudiano de matar al padre; de ajustar cuentas y saber lo que realmente ocurrió. Escribe, en definitiva, con su prosa límpida y bella, en el lenguaje de la literatura de los hijos.

Formas de volver a casa es una novela breve, pero también es elegante, muy sabia, tremendamente certera en su abordaje de lo que es un tabú sentimental en Chile. Cuando uno la lee tiene la sensación de que cada valoración y cada frase es necesaria, que hasta la última de sus palabras está tocada de una bella trascendencia. Se trata de una proeza literaria cada vez más rara de presenciar, y que habría de llevar a todo lector a rendirse a la evidencia de que Zambra es un gran escritor. Y hacerle un hueco en su biblioteca de autores imprescindibles.

 

 

Publicado el 23 de septiembre 2011. Tomado de acá.

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