Formas de volver a casa (por Alejandra Costamagna, Otrolunes.com)

El protagonista de La vida privada de los árboles, la anterior novela de Alejandro Zambra, escribe una novela acerca de un hombre que se dedica a cuidar un bonsái. Y en algún momento de la historia el narrador, en tercera persona, concluye lo siguiente: “Ahora piensa que el único libro que sería valioso escribir es un relato largo sobre aquellos días de 1984. Ése sería el único libro lícito, necesario”. Y un par de páginas más adelante zanja: “en vez de hacer literatura, debería haberse hundido en los espejos familiares”.

Formas de volver a casa–esta tercera novela, ya sin ramas ni arbustos en el título– es tal vez aquel único libro lícito, necesario, prefigurado en las páginas de La vida privada de los árboles, que a su vez brota de esa primera miniatura llamada Bonsái. Y si ahora asistimos a un relato en primera y no en tercera persona, acaso sea porque el narrador se ha hundido, o ha creído hundirse de una vez por todas, en los espejos familiares para “iluminar algunos rincones” de la memoria. Los rincones de una generación que creció pensando que la novela, la historia, era la de los padres. Una generación que es también el susurro de una voz perdida; de un narrador que sabe poco, pero al menos sabe que nadie habla por los demás. Y que “aunque queramos contar historias ajenas terminamos siempre contando la historia propia”.

También sabe otras cosas muy útiles, el narrador. Sabe, por ejemplo, que “es mejor no ser personaje de nadie, no salir en ningún libro”. O que “al escribir nos comportamos como hijos únicos”. Y entonces el narrador escarba hasta hacerse un espacio en aquel lugar remoto de los descendientes. Del hijo que hoy podría ser el padre y que tal vez frente a esa vertiginosa proyección (o tal vez porque necesita borrar esa atroz proyección) se pone a pensar que ahora les toca a ellos, a los chilenos nacidos en los años 70 y criados en los abrumadores 80, escribir esa historia de personajes secundarios, como dirá el protagonista. Escribirla en plural y en primera persona. Vestirnos con la ropa de nuestros padres y ponernos en su pellejo y propinar palabras, tal vez, como una forma de no desaparecer. Si es que eso todavía es posible. Recuperar los hilos de un tejido deshilvanado, todo hilachento, para preguntarnos quiénes somos, quiénes fuimos. O, más bien, quiénes pudimos haber sido y en qué nos hemos convertido; en qué cresta nos hemos convertido. Pero éste no es un alegato de la inocencia ni un ejercicio de victimización. Las preguntas no están arrojadas en estas páginas para encontrar explicaciones ni para juzgar, sino más bien para entender: para reunir las figuras dispersas de un álbum familiar y asomar la cabeza a esas imágenes borroneadas en alguna esquina de la memoria.

El lugar de la escritura es acá, al igual que en las dos novelas anteriores, el espacio del término medio, de la aparente neutralidad: ni ricos ni pobres, ni muertos de miedo ni muertos de la risa. A salvo, en apariencia. Sin traumas, sin arraigo, calladitos con nuestra historia. El narrador de Formas de volver a casa –que es también el que escribe esta novela, que es también Alejandro Zambra– cree no tener verdaderos recuerdos de infancia y busca entonces su lugar en este viaje de regreso a casa porque le parece que ha crecido demasiado a la rápida, demasiado sin darse cuenta. Tal vez lo que busca el que escribe, con urgencia, es una legitimación futura en la trama de su propia historia con minúsculas. Porque sospecha que ésa es también, aunque sea de forma velada, la Historia con mayúsculas. “Mientras los adultos mataban o eran muertos, nosotros hacíamos dibujos en un rincón”, admite el protagonista instalado en esa familia regular, sin muertos, sin libros. E insiste: “Mientras el país se caía a pedazos nosotros aprendíamos a hablar, a caminar, a doblar las servilletas en forma de barcos, de aviones. Mientras la novela sucedía, nosotros jugábamos a escondernos, a desaparecer”.

Formas de volver a casa es un libro sobre la dictadura, sobre padres que abandonan a los hijos, sobre hijos que abandonan a los padres, sobre gustos y nada escrito, sobre la vulnerabilidad, sobre niños o gatos perdidos, sobre adultos desaparecidos, sobre la culpa, sobre la culpa de no sentir culpa, sobre terremotos y réplicas, sobre el medio pelo, sobre literatura y sentimentalismo, sobre el tiempo del miedo y el tiempo de las preguntas, sobre la imposibilidad de ser neutros. Y sobre la negación de todo lo anterior.

Sobre todo, sobre la negación de todo lo anterior.

Porque éste es, además, un ensayo acerca de los límites de la escritura. Un ejercicio de abandono de la ficción sin renunciar del todo a la ficción. Se trata de una construcción narrativa que, mientras avanza en la historia y la cristaliza, va también borrándola. Y va huyendo de la grandilocuencia, de la complejidad estructural, de la intriga y del final redondito para hacer brotar muñones de memoria. Una memoria que aparece como un sitio baldío, lleno de maleza y chatarra. Con más plazas desiertas que jardines bien cuidados. Un lugar donde podemos perdernos o tratar, al menos, de perdernos. Lejosde virtuosismos vacíos, muy lejos de las meta-muletillas y las reducciones teóricas, Formas de volver a casa fija la vista en el proceso más o menos imposible de despojarse de uno mismo al escribir. Como si narrar fuera, necesariamente, narrarse. Como si fuera imposible, ya lo decíamos, no estar en el libro que uno escribe.

“Leer es cubrirse la cara”, apuntará el protagonista. “Y escribir es mostrarla”.

 

Publicado en Otrolunes.com. Tomado de acá.

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