El hombre que lee (por Leila Guerriero, Babelia)

Que es chileno, que nació en 1975, que es poeta, que es narrador, que en 2010 fue elegido por la revista británica Granta como uno de los veintidós mejores escritores en lengua española de menos de treinta y cinco años, que este mes publicó su tercera novela, Formas de volver a casa, en la editorial Anagrama, donde salieron también sus dos primeras, Bonsái y La vida privada de los árboles. Que Bonsái -cuarenta páginas en formato Word que devinieron, publicadas, en noventa y cuatro- fue traducida al francés, inglés, italiano, portugués, neerlandés, serbio, griego, turco, hebreo y coreano. Que es licenciado en Literatura Hispánica, magíster en Filología y profesor en la Universidad Diego Portales, de Chile. Todas esas cosas se saben de Alejandro Zambra. Estas otras se saben un poco menos: que, puesto a elegir, y si tuviera dieciocho, estudiaría japonés y no literatura; que es vegetariano teórico ya que casi lo único que come es carne; que padece migrañas desde pequeño; que, mientras estudiaba en la universidad, no pensó ni una sola vez en ser escritor porque lo que quería, realmente, era leer.

La casa, en el barrio de La Reina, en Santiago de Chile, está helada. La estufa flamea en su grado mínimo para evitar que el gas, a punto de acabarse, se acabe.

-De hecho, te estaba esperando para encenderla, así nos dura.

Es noche afuera y adentro hay dos gatas, un teclado, la estufa, una biblioteca. Alejandro Zambra fuma, bebe una taza de té, dice que en 1998 se topó con una foto de la instalación de un artista plástico en la que se veían árboles envueltos.

-Eso me disgustó mucho, porque en teoría defiendo la naturaleza y soy súper ecologista y vegetariano.

-Pero hay dos bifes enormes descongelándose en tu cocina.

-Por eso: en teoría. Respeto mucho a los vegetarianos, aunque no hago más que comer carne. De hecho, pensaba que podemos ir a comer juntos después de esta entrevista. Hay un sitio aquí cerca. Y sólo sirven carne.

La anécdota de los árboles envueltos explica el germen de Bonsái, pero ahora la conversación deriva hacia otras cosas -carne, sitios donde la preparan bien- y quizás entonces lo mejor sería empezar por el principio.

– – –

Había una madre, había una hermana mayor, había un padre que se dedicaba a cuestiones relacionadas con la computación, y había este chico que encontró el gusto por la lectura desde pequeño, y por la escritura también desde pequeño.

-Una vez escribí un poema, Fiestas patrias, o algo así. Tenía nueve, diez años. Un día me cambié de colegio. Pasó el tiempo y fui de visita al anterior. Mi antiguo maestro me hizo entrar a la clase donde había cuarenta y cinco pendejos y les dijo: “Miren quién ha venido. Él es Alejandro Zambra. Ustedes saben muy bien quién es Alejandro Zambra. Pónganse de pie”. Se pusieron de pie y empezaron a recitar el poema mío, que él había decidido enseñarles. Fue muy heavy.

-¿Recordás el poema?
-No, no me lo acuerdo.

Pausa pequeña. Y una sonrisa.

-Sí me lo acuerdo. Pero jamás te lo diría.

A los 13 años ingresó al Instituto Nacional, donde fue buen alumno -“una pena, porque queda mejor decir que fuiste pésimo”-, y se hizo lector voraz.

-Tenía claro que quería estudiar Literatura. Quería leer, y estudiar Literatura me parecía casi una estrategia para poder seguir leyendo.

A los 21 se fue de casa de sus padres y consiguió trabajo como operador telefónico de la compañía Axxa Assistance, que ofrece servicios a empresas que, a su vez, ofrecen asistencia en viajes.

-Atendía el turno de noche, así que aprovechaba para leer. También fui profesor en colegios de niños-problema. Una vez entré a la sala y encontré a un alumno saltando arriba de la mesa del profesor y le dije “¿Qué estás haciendo?”. Seguía saltando y gritaba: “¡Es que soy tímido, es que soy tímido!”. Lo pasaba como las huevas.

En 1998, Ediciones Stratis publicó su primer libro de poemas, Bahía Inútil. Pasó 2001 y 2002 en España, haciendo un máster, y, al regresar, todavía rodeado por las cajas de la mudanza, escribió treinta y siete páginas de versos engarzados en métrica de inspiración lujosa: “Me dijeron que avisara treinta días / antes me dijeron que avisara treinta / veces al menos me dijeron que al /menos avisara treinta veces y que / en días como estos no se debe / -no se puede- trabajar. (…)”. El poema se llamó Mudanza, fue publicado por Quid Ediciones en 2003, y es el responsable de que se lo empezara a mencionar como uno de los mejores poetas de ese país de poetas. Siguió, a eso, su vida como crítico.

Apenas empezado el siglo nuevo, Zambra era un profesor, un poeta, un lector, y alguien que necesitaba trabajar. Cuando supo que en el periódico popular Las últimas noticias buscaban un crítico literario, se ofreció. Así fue cómo, durante tres años, reseñó libros en una sección llamada Hoja por hoja donde, por ejemplo, y acerca del chileno Hernán Rivera Letelier, escribió: “La obra de Rivera demuestra que la moralina, el engolosinamiento argumental y una inmoderada dosis de pintoresquismo sólo sirven para camuflar inepcias narrativas de marca mayor”.

-Algunos llamaban furiosos. Amenazaban con golpes, incluso.

Más tarde publicó reseñas en El Mercurio, La Tercera, Letras Libres. Muchas fueron recogidas en No leer (Ediciones Universidad Diego Portales, 2010), un libro en el que, entre textos sobre Natalia Ginzburg, Kafka, Roberto Bolaño, Nicanor Parra, hay uno, Árboles cerrados, donde cuenta la historia de la novela que lo transformó en uno de los escritores más notorios de su país y de Latinoamérica: Bonsái. “(…) hace nueve años, una mañana de 1998 -se lee en Árboles cerrados-, encontré, en el diario, la fotografía de un árbol cubierto por una tela transparente. La imagen pertenecía a la serie Wrapped Trees, de Christo & Jeanne-Claude (…) Y luego di con los bonsáis, tan parecidos, en un sentido, a los árboles de Christo & Jeanne-Claude (…) Escribir es como cuidar un bonsái, pensé entonces, pienso ahora: escribir es podar el ramaje hasta hacer visible una forma que ya estaba allí, agazapada (…)”.

-Me gustaba esa imagen y empecé a mirar manuales de bonsái. Quería escribir un libro de poesía con ese lenguaje. Me fui desplazando hacia la narrativa y escribí un relato corto donde sucedía más o menos lo que sucede en Bonsái.

Así llegó a esa historia -un hombre enamorado de una mujer, una mujer que se suicida, un hombre que reescribe la novela de otro hombre, un hombre que cuida un bonsái- tallada con un estilo seco, impávido desde la primera frase: “Al final ella muere y él se queda solo (…)”.

-La mandé a varias editoriales grandes, y en una no me contestaron, en otra me la rechazaron. Al final se me ocurrió mandarla a Anagrama. Por si acaso.

Anagrama publicó el libro -que resultó premio de la Crítica 2006 en Chile- y, apenas un año después, hizo lo propio con su segunda novela, La vida privada de los árboles.

– – –

Afuera es alta noche y llueve un agua insidiosa. En una o dos horas más, Zambra va a estar comiendo carne en el área de fumadores de un restaurante al que va siempre, pero ahora dice que está aprendiendo a hablar de su nueva novela y que todavía no sabe bien cómo. Formas de volver a casa, que acaba de publicar Anagrama, transcurre en Chile en los años ochenta, durante la dictadura de Pinochet, y cuenta la historia de un niño a quien una niña le encarga la tarea de espiar a un hombre e informarla de sus movimientos. El niño acepta, aunque no entiende cuál es el motivo de esa vigilancia. Veinte años más tarde ambos se reencuentran y las piezas del puzle empiezan a encajar. La novela se organiza en torno a dos partes fundamentales -‘La literatura de los padres’ y ‘La literatura de los hijos’- y devela su propia construcción a través de un diario que lleva el narrador.

-Mi generación está en alguna medida enferma de nostalgia y esa nostalgia es a veces bien vacía. Uno se encuentra con gente que organiza asados para recordar un tiempo como si ese tiempo hubiera sido bueno y lo hubiéramos pasado bien.

“En cuanto a Pinochet, para mí era un personaje de la televisión que conducía un programa sin horario fijo, y lo odiaba por eso, por las aburridas cadenas nacionales que interrumpían la programación en las mejores partes. Tiempo después lo odié por hijo de puta, por asesino, pero entonces lo odiaba solamente por esos intempestivos shows que mi papá miraba sin decir palabra (…)”. Una novela en la que ser hijo no fuera una excusa. Una novela en la que ser padre no fuera una excusa.

-No sé si lo logré, pero lo que quería era escribir una novela en la que nadie fuera inocente.

-¿Y ahora qué sos, en mayor medida: crítico, lector, narrador, poeta?

-O sea, lo que más soy… O sea… Ahora soy alguien que hace muchísimo rato necesita ir al baño. Discúlpame.

(Después, el restaurante, el vino, la carne, los cigarros).

Publicado en “Babelia”, del diario El País, 28 de mayo de 2011. Tomado de acá.


“El libro era su antifaz, su preciada máscara” (por Catalina Holguín, arcadia.com)

Como se fundió la pila de mi computador escribo en las últimas páginas de la edición de Anagrama de la novela Formas de volver a casa del chileno Alejandro Zambra. Lo había leído antes, cuando el bololó de Bogotá 39. Zambra fue uno de los seleccionados a esta edición especial del Hay Festival que se hizo cuando Bogotá fue Capital Mundial del Libro en el año 2007. Desde entonces, me había gustado su prosa pulida y breve, siempre al borde de caer en la poesia, pero escogiendo quedarse en la narrativa; también me había gustado que se hiciera obvia la escritura misma—o el proceso de escribir—pero no a la forma posmoderna y norteamericanísima de un John Barth, por ejemplo, lleno de trucos y espejos y rimbombancias; y también, siempre, el bonsái como imagen de la literatura.
En esta nueva novela (la tercera de Zambra) vuelven todos esos elementos, pero vuelven también más versos (no recuerdo tanta poesía en las otras novelas y no tengo cómo chequear) y la historia nacional también. No que Formas de volver a casa sea una novela histórica, pero está situada en un tiempo muy específico y descubre tensiones emocionales entre la generación de los padres y de los hijos que crecieron en el régimen de Pinochet.
La novela tiene un argumento súper sencillo: un escritor  se reencuentra con Claudia, una amiga de la infancia y, en el entre tanto, termina y reinicia una relación amorosa con Eme. La historia está enmarcada entre los dos terremotos que ocurrieron en Chile en 1985 y en 2010. Esta historia mínima le da pie al escritor a hablar de sus padres, del Chile de Pinochet y de él mismo, creciendo y empecinándose en el solitario e inútil destino de escribir: “este oficio extraño, humilde y altivo, necesario e insuficiente: pasarse la vida mirando, escribiendo”.
Subrayé muchas cosas que me gustaría transcribir para transmitir la voz o la agudeza de palabras que no son tan simples como parecen. Por fortuna, El Boomeran publicó las primeras páginas. Yo escojo este pasaje:
 “Esta mañana vi, en un banco del Parque Intercomunal, a una mujer leyendo. Me senté enfrente para verle la cara y fue imposible. El libro absorbía su mirada y por momentos creí que ella lo sabía. Que alzar el libro de esa manera—a la estricta altura de los ojos, con ambas manos, con los codos apoyados en una mesa imaginaria—era su forma de esconderse.
 Vi su frente blanca y pelo casi rubio, pero nunca sus ojos. El libro era su antifaz, su preciada máscara.
 Sus dedos largos sostenían el libro como ramas delgadas y vigorosas. Me acerqué en un momento lo bastante para mirar incluso sus unas cortadas sin rigor, como si acabara de comérselas.
 Estoy seguro de que sentía mi presencia, pero no bajó el libro. Siguió sosteniéndolo como quien sostiene la mirada.
 Leer es cubrirse la cara, pensé.
 Lees es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla.”
Cuando Zambra leyó hace unas semanas estas líneas en la librería La Madriguera del Conejo me sentí observada y descrita. No era posible, pero sí era posible. A veces la literatura opera esa magia tan extraña de ser completamente específica y personal y al mismo tiempo lo suficientemente general y amplia para que una lectora completamente extraña en el tiempo y en el espacio sienta que ese libro habla de ella. De nadie más que ella.

 

 

Publicado el 10/11/2012. Tomado de acá.


Formas de volver a Zambra (Fabián Casas, diario Perfil)

En Alien 3 la teniente Ripley acaba en un planeta donde se ha construido una penitenciaria que está habitada por fanáticos religiosos con reglas estrictas (como sucede en los locales de fast food). Ripley llegó en una nave que vino viajando por el espacio y que tuvo la suerte o la degracia de caer de cabeza en ese lugar. Unos presos que recorren la zona la descubren y la sacan de adentro del chasis destruido donde también viajaban otros cosmonautas que han muerto con el aterrizaje frontal. Cuando se recupere y tenga que entender qué fue lo que sucedió, Ripley irá hasta la nave destruida y de adentro de la chatarra espacial rescatará la cabeza de un androide con forma humana. Ripley la sintonizará como si buscara una señal de radio. La cabeza del androide cobrará vida y le relatará lo que les pasó. Mientras leía los artículos que componen No leer, el libro de alejandro Zambra editado por la Universidad Diego Portales, tuve una sensación que me trajo a la mente esa escena de la película. Porque si bien el libro se lee como un todo, entre artículo y artículo –mientras uno sumerge la cabeza y los ojos en la prosa de Zambra– se siente que cada uno tiene un valor en sí mismo, una sensación de lectura vertical, no horizontal, la sensación de que la negritud y el silencio del universo nos rodean para prestar atención a cada uno de ellos, la idea de que un minúsculo artículo o la cabeza de un androide nos depara una explicación para todo. Bosquejos, ensayitos, cuentos camuflados en ensayos (a la manera borgeana) y toda una forma intensa de reflexionar y encantar a los lectores como sólo la escritura que le escapa a los lugares comunes puede hacerlo.

Zambra elige ponerle a su libro de lecturas No leer. Mientras cuenta cómo la tiranía de ejercer la crítica (y tener, por eso, que leer muchos libros malísimos) lo hizo casi convertirse en un crítico oficial de su generación, también hace hincapié en la alegría de (cuando tiró la toalla y renunció a las reseñas fijas) no tener que soportar más las lecturas soporíferas y la indiganción de los escritores sancionados a los que a veces cruzaba en bares ocasionales o presentaciones de libros. Zambra se considera más un lector que un escritor. Pareciera que las lecturas intensas y largas, fuera del tiempo, hacen que, de vez en cuando, el escritor drene esos pequeños textos que son sus novelas y ensayos. Alejandro Zambra publicó dos relatos cortos: Bonsái (2006) y La vida privada de los árboles (2007), y recientemente uno un poco más extenso llamado Formas de volver a casa (2011). Los artículos de No leer fueron publicados en 2010. Leer estos trabajos como si fueran una forma secundaria de escritura del Zambra novelista puede ser un error. Una ilusión óntica u óptica. No leer no es un  libro parasitario de los trabajos mayores que le dieron resonancia a su escritura. No: es un libro central en su trabajo, a la par de las miniaturas líricas que el escritor chileno ha venido publicando en los últimos años.

Durante mucho tiempo Chile tuvo la desgracia de considerarse un país de un solo poeta: Pablo Neruda. No había nada que pudiera escapar a la verba del poeta comunista. Neruda todo lo comía, lo metabolizaba y lo excretaba por su ano hiperbólico. Por suerte esta versión tranquilizadora que llevó a muchos críticos chilenos a decir que Chile era un país de poetas, así como se dice que el suelo cubano produce buen tabaco, fue insostenible. Zambra lee la tradición chilena lateral a Neruda: Nicanor Parra, Enrique Lihn, Juan Luis Martínez. Va moviendo el dial hasta que, como decía Osvaldo Lamborghini, “en tanto poeta ¡zas! novelista”. Así llega a Roberto Bolaño, pasando por escritores clásicos como Adolfo Couve y su formal Cuarteto de la infancia. A diferencia de los hinchas de River, Zambra celebra el descenso, la caída desde las alturas de Machu Picchu: “La obra de Bolaño cuenta la historia de un poeta resignado a ser novelista, un poeta que desciende a la prosa para escribir poesía”, escribe en un ensayo fragmentario sobre el chileno casi mexicano. Pone el ojo en los escritores “menores”, los que fueron y van contra las grandes corrientes consagratorias. Por eso habla –mucho– de Julio Ramón Ribeyro: “Mientras sus colegas escribían las grandes novelas sobre Latinoamérica, Ribeyro, el orillero del boom, daba forma a decenas de cuentos simplemente magistrales, que, sin embargo, no llenaban las expectativas de los lectores europeos”.

Asi que por un lado van los escritores “orilleros” y por el otro se desmarca del nerudismo: “Lo que Neruda inventó fue, en realidad, un balbuceo elegante, un fraseo literario que favorece el rodeo y la eterna divagación. La antipoesía nos salvó de esa retórica instantánea”. Y en uno de los puntos altísimos del libro, un cuento escondido en un ensayo que se llama “Buscando a Pavese” (y que estaría bueno leer en conjunto con un relato de Piglia llamado El pez en el hielo donde Renzi también sigue los pasos de Pavese), dice el Zambra personaje que está en Santo Stefano Belbo: “Alguien nacido en el país de Neruda no debería hacer este viaje. Crecimos en el culto al poeta feliz, crecimos con la idea de que un poeta es alguien que suelta sus metáforas a la menor provocación, que acumula casas y mujeres y dedica la vida a decorarlas (a las casas y a las mujeres) con mascarones de proa y botellas de Chivas de cinco litros”.

Juan Luis Martínez fue un poeta chileno que publicó un libro llamado La nueva novela, que produjo un viraje genial en la literatura trasandina. El libro en cuestión es un conjunto de poemas propios, textos de otros reversionados, hojas transparentes con escrituras en idiomas foráneos, versos casi algebraicos y collages y pinturas como los de la poesía concreta. Arte físico, libro objeto, conceptual, que viene de los antipoemas de Nicanor Parra y que inauguró lo que se llamó la escena de avanzada, todo una nueva forma de hacer poesía en Chile. El libro de Juan Luis Martínez tenía enganchado en una de sus páginas un pequeño anzuelo. En un texto que se llama Elogio de la fotocopia, Zambra cuenta cómo con sus amigos hicieron una versión duplicada de este libro: “Por mi parte, la mayor joya bibliográfica que tengo es un peregrino ejemplar de La nueva novela, el inimitable libro objeto de Juan Luis Martínez. Lo fabricamos entre varios, convertidos de nuevo en esforzados alumnos de técnicas manuales. El resultado fue una mesa bastante coja, pero nunca voy a olvidar lo bien que la pasamos en esa semanas de tijeras, anzuelos y fotocopias”.

Yo veo en este hecho –unos jóvenes escritores replicando un libro inhallable y genial– toda una escena de conversión. Iba a poner “de iniciación” pero para mí hay algo religioso en esto. Y definitivo. La literatura como algo que se escapa de la literatura, la idea de copiar, mixturar, versionar otras voces como centro del trabajo artístico, la necesidad de no tener que representar a un país ni a una moda ni a nada. La sensación lúdica y colectiva de armar con los amigos un juguete rabioso y mortal.

Publicado en diario Perfil, el 23/10/11. Tomado de acá.


Formas de volver a casa (Marianne Ponsford, revista Arcadia)

Muchos lectores quedaron cautivados con el chileno Alejandro Zambra tras la publicación de Bonsái, y su inclusión en la lista de jóvenes narradores de Bogotá 39. Su prosa minimal y delicada, muy contenida, construye personajes con la precisión de un entomólogo. Formas de volver a casa no es una novela política, y sin embargo cuenta la vida de un niño en los tiempos de la dictadura de Pinochet. No es una historia de amor, y sin embargo una discreta historia de amor es parte de su argumento. No es una novela de formación, y sin embargo el personaje central crece, expone su ingenuidad y reflexiona sobre el teatro adulto que va desentrañando a medida que avanza la trama. La magia de Zambra está en el clima, en la sobria belleza de su escritura, y en una extraña modestia literaria que encanta al lector. La novela acaba siendo, pese a su brevedad, total: un juicio político, un bildungsroman, un hermoso retrato de un niño que mira el mundo y busca su lugar.

 

 

Publicado el 20/12/2011 en el especial sobre los mejores libros del año de la revista colombiana Arcadia. Tomado de acá.


Formas de volver a casa (Tamara Kamenszain, revista Ñ)

En Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra, novela que juega al límite con la posibilidad de ser autobiográfica, la madre del narrador –un joven escritor que visita la casa paterna– le pide opinión sobre un libro que a ella le gustó mucho. Para el narrador el libro es malo y esa es su respuesta tajante. De esa noche, en la que trata de dormirse en su cuarto de infancia, evoca: “Me dormí recordando la voz de mi madre diciéndome: ‘Deberías ser más tolerante’”. En mi caso, debo decir que la recomendación de leer esta deslumbrante novela de Zambra, como tantas otras que suelen dar en el blanco de mis preferencias literarias, se la debo a mi hijo. El, sin mostrar excesivo interés en esas preferencias mías, parece sin embargo estar poniendo a funcionar una especie de intuición familiar que tal vez sea genética. Julia Kristeva, cuya conferencia “Ser madre hoy” acabo de escuchar en el marco del honoris causa que le otorgó la UBA, negaría que se trate de una intuición genética. Arriesgada como siempre, la pensadora se atreve a reflotar términos casi anacrónicos como amor, pasión, o incluso madre, para construir la sugerente noción de “pasión materna” que vendría a desbiologizar el vínculo con el hijo, devolviéndole a la mujer esa capacidad sublimatoria que hasta ahora el psicoanálisis atribuía a la función paterna. La pasión materna, en cambio, no es una función sino una experiencia de amor por la que la madre, al transmitir el lenguaje, transmite a un tiempo pasión por ese lenguaje. Así, dejando en un acto de desprendimiento que el otro lo haga suyo, ella también aprende a hablar de nuevo. Tal vez tanto en el caso de la madre zambriana como en el mío propio, cada una a su modo, transmitimos y nos dejamos transmitir en un ida y vuelta donde el lenguaje no es instrumento sino experiencia. Y ese otro término anacrónico, “tolerancia”, que ella le pide al narrador, podría servir también para aludir al desprendimiento que haría posible pensar la literatura no como un artificio avalado por el gusto sino como otra de las formas de volver a casa.

Publicado en revista Ñ, de Clarín, con fecha 23/11/11. Tomado de acá.


Inquisición del pasado (Valeria Luiselli, revista Nexos)

Formas de volver a casa, la más reciente novela de Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975), no es la primera ni será la última en ofrecer una relectura de las dictaduras militares latinoamericanas del último tercio del siglo XX, desde el punto de vista de quienes todavía eran niños cuando Pinochet, Videla o el Goyo Álvarez interrumpían las caricaturas para dar sus mensajes televisivos. Es más, parece incluso probable que dentro de diez o quince años absolutamente todos los escritores que crecieron en el cono sur durante los años setenta y ochenta tengan ya su novela de “infancia y dictadura”, y se empiece a sospechar de ellos —justa o injustamente— lo que espetaba Javier Cercas con tan inteligente malicia acerca de las novelas sobre la guerra civil española: “Carburante para la imaginación de los novelistas sin imaginación”. Pero la novela de Zambra es singular. Y lo es en más de un sentido. Su importancia no se circunscribe al pasado que retrata. Su originalidad no radica sólo en el particular punto de vista por el que opta el escritor y ni siquiera en los recursos narrativos que utiliza inteligentemente para recuperar, cuestionar y de algún modo derrumbar ese pasado.

“Mientras los adultos mataban o eran muertos, nosotros hacíamos dibujos en un rincón”, dice con brutal falsa inocencia el narrador de Formas de volver a casa. Con esta entrega, quiera o no, Zambra establece una diálogo con la generación de los padres, una generación entera de personajes secundarios que “ahora les toca, simplemente, comparecer” —como dice en otro momento el protagonista de la novela—. Pero comparecer no tiene que ver aquí más que con los tribunales del fuero íntimo. No se apela a la necesidad de generar un discurso público, ni al perdón histórico, nada de eso. Creo que la generación nacida en los setenta y ochenta ha visto con algo de sano escepticismo la obsesión por cosas como las leyes de memoria histórica; leímos deslumbrados pero con algo de extrañeza meditaciones como la de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal, o las reflexiones de Primo Levi sobre el perdón. No es que esos temas hayan dejado de importar —hay temas y problemas que no caducan nunca porque no se ciñen a contingencias históricas—. Pero queda claro que las guerras y preguntas de los padres ya no son las de los hijos, aunque hayamos crecido con los ecos de algunas de esas cosas. ¿Pero entonces cuáles son nuestras guerras? ¿Cuáles las preguntas? ¿Cómo contar bien una historia de la que nunca fuimos protagonistas?

La pregunta en la médula de Formas de volver a casa tiene que ver con el uso de las palabras y la posibilidad de renovar el lenguaje. Dicho así nada más, parecería una trivialidad. Todas las novelas le apuestan al lenguaje. Pero no todas las novelas reflejan ni son producto de un compromiso paciente con las palabras. Zambra pertenece a esa familia no muy numerosa de escritores que, como César Aira, Mario Levrero o Josefina Vicens, se han dado a la tarea de rescatar las palabras, de escardar la maraña del discurso para devolverles su peso, su sitio. Dice el narrador en las primeras páginas: “Raúl era el único en la villa que vivía solo […] se decía que Raúl era democratacristiano y eso me parecía interesante. Es difícil explicar ahora por qué a un niño de nueve años podía entonces parecerle interesante que alguien fuera democratacristiano. Tal vez creía que había alguna conexión entre el hecho de ser democratacristiano y la situación triste de vivir solo”. La fuerza de esta novela, su potencia, está en la elección de la palabra precisa, en el sutil acercamiento y distanciamiento de los problemas políticos y las cambiantes realidades nacionales a través de la lente del lenguaje, en la manera en que se explora y desnuda ese lenguaje para articular las historias individuales —propias y ajenas— y, fundamentalmente, en la manera en que se usa la lengua para descubrir ante el lector esa intersección entre la historia individual y la historia colectiva que es la buena literatura.

El relato comienza en el terremoto de 1985 en Chile y termina en el temblor de 2010. O tal vez sea a la inversa: empieza en el segundo terremoto y, lentamente, marcha hacia atrás para volver a las ruinas del primero. El protagonista y narrador de la novela es un escritor que trata de regresar a su infancia para contar una historia: una historia ajena que, inevitablemente, también es la suya propia, o que se va volviendo suya a medida que la escribe. Lo que trata de contar el narrador a partir del terremoto de 1985 es la vida de una niña que se llama Claudia, o que tal vez se llame Eme y sea la pareja actual del narrador, pero que en realidad es cualquier niña, cualquier hija de la dictadura que no tuvo una historia particularmente dolorosa ni trágica, pero que al fin y al cabo es su historia y la de su familia. Mientras trabaja a tientas en la historia de Claudia, el narrador lleva un diario esporádico en donde registra el proceso de escritura del libro, anota observaciones sobre sus padres —los de antes y los de ahora—, y esboza reflexiones escuetas pero dolorosas sobre la desintegración de su actual vida en pareja. Algunos episodios del diario y de la vida con Eme, a su vez, se reconstruyen y engarzan de modo distinto para después formar parte la historia de Claudia, en planos simultáneos de ficción.

La novela avanza en capítulos cortos mediante una sucesión de imágenes precisas y el posterior eco o “ruido de las imágenes”, como dice el narrador. Pero no de forma fragmentaria, como han querido ver algunos críticos. En realidad, y hay que decirlo de una vez, esa obsesión contemporánea y no tan contemporánea por llamar “fragmentario” a todo lo que no asemeja una estructura decimonónica, es una sandez. Hay innumerables, infinitas maneras de ordenar una historia. Un relato que no sigue una estructura cronológicamente lineal, no es por consecuencia fragmentario. Lo explica bien Joseph Brodsky en un ensayo: “Cualquier palabra pronunciada requiere algún tipo de continuación. Se puede continuarla de diversas formas: lógicamente, fonéticamente, gramaticalmente o por medio de la rima… lo pronunciado nunca es el fin sino el extremo del habla”. Zambra se sirve de diversas estrategias para hacer avanzar la novela, y no por ello es fragmentario, ni experimental.

No hay artificio engañoso en todo esto. Al contrario, Formas de volver a casa es una novela transparente, que no pretende disimular nada a través de sus mecanismos formales, sino mostrar el proceso incierto y el resultado frágil de su construcción. Las novelas —las buenas novelas, a mi parecer— no reconstruyen ni apuntalan ninguna realidad, sino que ponen de manifiesto la fragilidad y los naturales equívocos de esa realidad. Igualmente, la escritura —la buena escritura— no es un proceso de restauración en el que el escritor deba resanar grietas hasta lograr la superficie homogénea de una trama sin huecos ni vacíos, sino la que deja ver sus fisuras, y la luz que se cuela por entre ellas.

Hay una imagen que de algún modo concentra la materia con la cual se construye lingüísticamente la novela. El narrador recuerda el muro de su escuela, en ruinas tras el terremoto, donde los niños solían pintar frases sueltas: “Pensaba en todos esos mensajes volando en pedazos, esparcidos en la ceniza del suelo —recados burlescos, frases a favor o en contra de Colo-Colo o a favor o en contra de Pinochet”—. Zambra escribe como si escribiera después de un terremoto y anticipando un temblor. En sus tres novelas —Bonsái (Anagrama, 2006), La vida privada de los árboles (Anagrama, 2007) y Formas de volver a casa (Anagrama, 2011)— se tiene la sensación de que nada sobra: no hay ruido, no hay paja. Pero a la vez, y particularmente en la última novela, el lector sabe que camina como por un mundo de escombros. Como si la novela misma —y no sólo la historia que cuenta— estuviera erigida sobre las ruinas de un terremoto. Dice el narrador: “Ahora pienso que es bueno perder la confianza en el suelo, que es necesario saber que de un momento a otro todo puede venirse abajo”.

Tras el terremoto, el niño protagonista de la primera parte de Formas de volver a casa sale a vagar por las calles de Santiago, en busca de algo, no sabe muy bien de qué. Pero sí, tal vez sí sabe bien lo que busca. Tal vez lo digan con exactitud estas palabras de George Steiner: “La mente sale a vagar, arrastrando los pies como un mendigo en busca de palabras que todavía no han sido devoradas hasta la médula, que conserven algo de su vida secreta a pesar de la mendacidad de la época”. Zambra se ha sabido perder en las calles de su infancia para volver al mismo sitio, sabiendo que sólo el lenguaje puede reinventar verdaderamente el mundo.

Publicado en Nexos el 1/10/2011. Tomado de acá.


Padres, hijos, terremotos (por Elvio Gandolfo, Diario Perfil)

El chileno Alejandro Zambra cuenta en primera persona su tercera novela. En un momento, se cruza con un médico que también se llama Zambra, y que señalándose la placa del delantal le dice: “somos familia”. Después le aclara: “Compré tus libros (…) pero no los he leído –se disculpó de una manera denigrante, o simplemente cómica: no tengo tiempo para leer ni siquiera libros cortos como los que tú escribes, me dijo”.
En efecto, los dos primeros libros de Zambra (“Bonsai” y “La vida de los árboles”) eran breves: entre 70 y 100 págs. A tal punto que este tercer “tomo”, con 164, es su libro largo. Como los dos primeros, lo edita Anagrama, buena oportunidad para cualquier autor joven (tenía 26 al sacar “Bonsái”) de ser distribuido más allá de las fronteras de su país.
Por suerte cada nuevo libro amplió al ámbito estilístico y temático del anterior. Aquí las páginas le bastan para dividir el texto en cuatro partes, cada una sutil o directamente distinta a la anterior, y construir una estructura leve y compleja a la vez. “Personajes secundarios” es la más redonda y autosuficiente, no solo por hablar de la adolescencia y primera juventud, sino por ser la primera. Allí aparece un terremoto, un intento de relación con una mujer, y una tarea de vigilancia extraña de un adulto.
La segunda y la tercera se titulan respectivamente “La literatura de los padres” y “La literatura de los hijos”. Se entrelazan al hablar por elevación de la dictadura, de los exilios, también  de los trayectos extraños de un mundo global inevitable (la adolescente de la primera parte ahora vive en Vermont).
La última se titula “Estamos bien”, frase que podría sonar humorística en manos de Zambra (que suele aplicar la ironía o el humor a sí mismo), pero engancha con otro terremoto, mayor y más reciente. Circula además un intento a medias de reconciliación con Eme, una pareja anterior, y una ruptura final, al menos en las páginas de este libro.
Zambra es fresco, directo, zumbón. Se ha vuelto un autor en parte generacional, aunque el término resulte peligroso. El texto circula con una fluidez extrema, y rinde mucho más espacio y tiempo de lo que parece anunciar su cantidad de páginas.
Los cambios de velocidad y de planos de profundidad indican, como ya lo preanunciaba “Bonsái”, que la escritura (casi igual que la lectura) ya definitivamente es lo suyo, cualquiera sea la frecuencia con que la ejerza. Aunque a veces eso parezca preocuparlo.

 

Publicado en Perfil. Tomado de acá.