Un lector para su época (Miguel Ángel Petrecca, Revista Ñ, Clarín)

La novísima editorial Excursiones, dedicada al ensayo argentino y latinoamericano, decidió lanzarse al ruedo con un volumen que reúne crónicas y ensayos sobre literatura del poeta y novelista chileno Alejandro Zambra. Se trata de una versión ampliada de la edición chilena, compilada y editada tiempo atrás por Andrés Braithwaite. El título del libro (No leer) proviene de uno de los mejores ensayos del conjunto pero también alude, como se explica en la nota introductoria, al “placer de no leer algunos libros”, un placer que Zambra dice haber descubierto al abandonar la crítica literaria semanal.

Ensayos bonsái

El libro está dividido en tres partes: la primera (la más extensa) y la segunda contienen reseñas de libros, retratos de escritores, crónicas y ensayos sobre temas tan diversos como la experiencia de viajar con libros, el oficio de escribir, la lectura en fotocopias y, como señala el título del libro, la no lectura. La última parte, en cambio, con apenas dos textos, funciona como una coda y está más enfocada en el surgimiento de su voz narrativa. Todos los textos, más allá de esta división, tienen en común el pertenecer a un territorio híbrido, entre la prosa periodística, la crónica y la ensayística, al cual le sienta bien el término “ensayo bonsái”, acuñado por Fabián Casas.

El libro, en su conjunto, puede verse como una historia personal (y por momentos generacional) de la lectura: la historia de la formación de Zambra como lector. Esta historia abarca, por un lado, la creación de un panteón de autores. Ahí la presencia de numerosos poetas nos recuerda que Zambra comenzó escribiendo poesía antes de convertirse en narrador. Los nombres también permiten trazar las dos coordenadas básicas del espacio donde se para Zambra como escritor: hacia dentro de Chile, en el polo antipoético opuesto a la retórica nerudiana; hacia afuera, recortado contra el fondo del boom latinoamericano, del que hace una lectura crítica, inclinándose por autores laterales, como Julio Ramón Ribeyro.

En tanto biografía de un lector, por otro lado, No leer nos muestra diferentes prácticas de lectura y momentos fundantes de esa biografía. Así, en “Lecturas obligatorias”, que no casualmente abre el volumen, Zambra se remonta a sus orígenes como lector. Tras contar cómo su profesora de castellano del Instituto Nacional les dio una semana de plazo para leer Madame Bovary, señala: “Así nos enseñaron a leer: a palos. Todavía pienso que los profesores no querían entusiasmarnos sino disuadirnos, alejarnos para siempre de los libros”. En “Elogio de la fotocopia”, en cambio, remite a la experiencia de una generación, para la cual la fotocopia significó una posibilidad de acceso a la cultura, comparable a lo que poco después permitiría Internet: “Es bueno recordar que aprendimos a leer con esas fotocopias que esperábamos impacientes, fumando, al otro lado de la ventanilla. Unas máquinas enormes e incansables nos daban, por pocos pesos, la literatura que queríamos. Leíamos esos tibios legajos y luego los guardábamos en las repisas como si fueran libros. Porque eso eran para nosotros: libros. Libros queridos y escasos. Libros importantes”. Por último, en “Cuatro personas”, reflexiona sobre la importancia del cenáculo literario y sobre el papel que cumple en la formación de un escritor joven la lectura solidaria entre un pequeño grupo de escritores-lectores que se influyen y critican mutuamente.

La prosa de Zambra es culta y entretenida. Maneja con destreza el humor (sobre todo en su variante irónica, como en “Contra los poetas”) y también un tono más grave, cuasi elegíaco por momentos, como en la crónica y retrato que le dedica al gran poeta Gonzalo Millán. “Apuntes sobre Gonzalo Millán” es el nombre de este ensayo, y en él Zambra hace un balance de la obra y la vida de Millán a través de tres momentos: el de Relación personal, su primer libro, de 1968, que Zambra lee como el reverso de un proyecto novelístico frustrado; Veneno de escorpión azul, el diario que llevó Millán, enfermo de cáncer terminal, durante su último año de vida; y por último Archivo Zonaglo, donde narra su encuentro personal con Millán y se detiene en las fichas que este elaboró y atesoró a lo largo de años. El retrato que construye es lúcido y entrañable, como son los que les dedica a Nicanor Parra, a Ribeyro y a Bolaño. En cada uno de ellos transmite efectivamente la pasión del lector.

Leer, después escribir

Al comienzo del libro Zambra cuenta que durante un tiempo, cuando todavía no había publicado su primera novela y vivía de escribir reseñas, tuvo miedo de transformarse en el crítico literario de su generación: temió convertirse en el eterno lector de los libros de los otros. Es este lugar, sin embargo, “el lugar del lector”, el que Zambra, como Borges, termina reconociendo aquí como su destino. Escribimos, dice, los libros que querríamos leer. Escribir es, en ese sentido, “leer un texto no escrito”.

 

 

04/03/13, aquí


Manifiesto Zambra, Pablo Natale (La voz del Interior)

Hay quienes nos alertan que si todo sigue así desaparecerán los árboles del mundo. También hay quienes dicen que nunca hubo tantos libros como en los últimos años, y otros que dicen que los libros, tal como los conocemos, se están extinguiendo. Hay quienes se alarman porque nadie lee y mientras tanto está lleno de personas que navegan de un lado a otro, como si sus cabezas fuesen un videoclip. Hay una nueva generación de escritores en todos lados, y las rutas están llenas de carteles que nos dicen dónde ir, siguiendo las reglas de siempre.

A modo de intervención sobre todo lo anterior, se levantan los libros de Alejandro Zambra, obras minúsculas que exceden los géneros tradicionales y que a la primera lectura se nos caen de las manos como algo frágil y volátil, pero que luego crecen como la hiedra.

“No leer” a primera vista es un conjunto de comentarios, reseñas y apuntes: Zambra escribe sobre las fotocopias, sobre las primeras clases de literatura que uno tiene que sufrir, sobre el oficio de estar solo, sobre viajar con libros, y también sobre Bolaño, Puig, Barón Biza, Cortázar, Coetzee, Buzzati, Millán, Lee Masters, Macedonio y muchos más. Lo que encuentra en ellos no son anécdotas biográficas jugosas o relatos dignos de resumir, sino géneros mixtos, frases, balbuceos, una guerra silenciosa contra las modas y tendencias y, ante todo, enfrentamientos íntimos con el lenguaje.

“Así nos enseñaron a leer. A palos”, escribe Zambra. “Se habla muy poco sobre las palabras”, escribe. “Mientras sus contemporáneos seguían firmando versiones rutinarias de la gran novela latinoamericana, él construía una literatura nueva, irreductible”, lee y escribe.

De ese modo, “No leer” es una anti-novela policial en la que lo vemos rastrear y pensar en voz baja como un detective. Es un tratado de botánica en el que recoge las frases que ama, es el mapa de un jardín escondido y es, finalmente, una especie de auto-reseña, como aquella que escribió Bellatín sobre Kawabata (cambiando su nombre por el del japonés) o como la famosa entrevista que Capote se hizo a sí mismo.

A medida que lo leemos, “No leer” se transforma en un libro fundamental de Zambra, en la cocina en que escribe (y escribirá) su propia obra, como si asistiéramos a una especie de reality en el que lo vemos leer y entrenar hasta dar con sus propias reglas y con un manifiesto silencioso que nunca leeremos.

La voz del interior, september, here.


Placeres de la (no) lectura, Ezequiel Barbosa Vera (revista Tónica)

En la introducción de Visitando a Mrs. Nabokov y otras excursiones Martin Amis decía que encontraba trastocados varios universos, incluso los personales, aquellos de su lejana y primera juventud. El libro de Amis reunía algunas de sus crónicas más importantes, una retrospectiva de la década de los ochenta publicada a mediados de los noventa. Cualquier antología recopilatoria conmina al autor a enfrentarse a un mundo casi desconocido: el tiempo hace mella en el significado de las palabras. La edición original de No leer de Alejandro Zambra fue en 2010; la actual publicación argentina, de parte de Editorial Excursiones, posee nuevos artículos del autor chileno, algunos de ellos extremadamente recientes. A diferencia del escritor inglés, cuando Zambra mira (lee) hacia atrás no halla melancolía ni rostros (palabras) indistinguibles. Están lo escrito, lo vivido y lo leído que en este caso vendrían a ser poco más que lo mismo. Desde su título, No leer se convierte en una paradoja permanente. La nota introductoria es clarividente y por sí misma justifica la existencia de esta antología: “Este libro es, sobre todo, un elogio de la lectura”. Zambra pone especial énfasis en la mediatización en la que ha caído el ámbito de la lectura, en la manera en que el consumo de ciertos libros se ha vuelto una imposición donde se privilegia hablar sobre una obra antes que leerla. Y en el acto rebelde pero imprescindible de no leer de acuerdo a la media establecida radica el valor de los tres segmentos que constituyen el libro.

La primera parte reúne textos breves, algunos son reseñas pero en su mayoría comprenden reflexiones acerca de la literatura, sea ya desde el papel del autor o del lector. Un aroma memorioso (no de nostalgia) impregna estas crónicas en las que suele asomar la figura del niño o del joven a través de la cual se condensa la imagen de un lector inmune a las imposiciones culturales contemporáneas. De allí surge una cierta añoranza por un Cortázar hoy no tan presente, un elogio a la fotocopia universitaria en tanto soporte irredento y antiguo que sigue desestabilizando las restricciones editoriales, la aparición de literaturas familiares de padres, hijos o madres (los lectores de Zambra reconocerán en estas últimas más de una referencia común a su novelística). Incluso el autor se permite reírse de los poetas y de su propio pasado en relación al lugar que ocupan en el mercado cultural. En la segunda sección, siete textos más extensos dan cuenta de lecturas más profundas y entrañables del autor, confeccionando un canon personal lúcido y compacto en el que destacan una sentida semblanza de reconocimiento a la vida y obra de Julio Ribeyro, así como también sus reflexiones acerca de sus compatriotas Roberto Bolaño y Nicanor Parra.

Apenas dos textos integran la tercera parte final de No leer: una reflexión sobre Bonsái, su primera novela, y una especie de manifiesto sobre las condiciones de lectura y distribución literaria. En ambos se dilucida el amor de Zambra por todo lo que queda guardado en las páginas de los libros y en el recuerdo de sus lectores. A su vez, la escritura es para el autor un acto más del placer de la lectura porque “escribir es alambrar el lenguaje para que las palabras digan, por una vez, lo que queremos decir; escribir es leer un texto no escrito”. No leer paradójicamente rescata y  vivifica el sentido de las palabras, las leídas y las pendientes de ser escritas.

 

 

Revista/Tónica

Número 4. Año 1. Septiembre, 2012. Buenos Aires, Argentina.

Revistatonica.com

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El territorio y el mapa, Patricio Pron

Aunque no estoy seguro de ello, creo haber dicho ya en alguna oportunidad que no tengo la impresión de que el ensayismo de los autores de mi (llamémosla) “generación” esté a la altura del de las generaciones precedentes. Admito excepciones, desde luego (la más notable, La fábrica del lenguaje S.A. del mexicano Pablo Raphael), pero, si acaso, esas excepciones confirman una regla (todas lo hacen) que podría formularse de la siguiente forma: a una ficción de bajísima intensidad le corresponde un ensayismo igualmente huero, a menudo el refugio de aquellos escritores que, habiendo fracasado en la creación de libros de ficción, se han refugiado en la escritura acerca de las teleseries, la creación en la Red o un cierto estadio posterior a la poesía que (sorprendentemente) sólo parecen conocer aquellos autores que menos saben sobre poesía. Nada de esto es novedoso, desde luego, así que el ensayismo de mi “generación” ni siquiera puede jactarse de fracasar de forma original, pero supongo que así son las cosas.

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Naturalmente, hay excepciones. No leer del chileno Alejandro Zambra (publicado originalmente por las Ediciones de la Universidad Diego Portales en 2010) es una de ellas. A la calidad de Zambra como lector (bien conocida por los lectores de los medios chilenos en los que ha colaborado, aunque un poco menos fuera de su país de origen), se le suma algo que posiblemente parezca innecesario mencionar pero que no lo es en el marco de esta “generación”: Zambra ha leído, y no sólo a los autores centrales de la tradición latinoamericana (Jorge Luis Borges, Roberto Bolaño, Alfredo Bryce Echenique, Vicente Huidobro, Enrique Lihn, Gonzalo Millán, Pablo Neruda, Nicanor Parra, Julio Ramón Ribeyro), también ha leído a los “raros” de esa misma tradición (César Aira, Macedonio Fernández, Mario Levrero, Clarice Lispector, Alejandro Rossi) y su lista de escritores extranjeros de referencia es amplia y a menudo desconcertante: J.M. Coetzee, Gustave Flaubert, Natalia Ginzburg, Yasunari Kawabata, Franz Kafka, Paul Léautaud, Edgar Lee Masters, Yukio Mishima, Cesare Pavese, Ezra Pound, Junichiro Tanizaki. También son desconcertantes algunos de sus entusiasmos (Julio Cortázar), pero sobre todo el tipo de mirada que propone en este libro, cuyo asunto central no consiste tanto en las obras y los autores de los que Zambra habla aquí sino más bien en su forma de leerlos.

No leer se detiene, en ese sentido, en la materialidad de la experiencia de lectura (la existencia de los borradores, las fotocopias, la elección del título, las listas de lecturas obligatorias, el desplazamiento con libros, el escuchar leer) y constituye una especie de manual implícito de adquisición de los medios para la lectura. Aquí Zambra no analiza precisamente los libros de los que habla sino más bien (podría decirse) su forma de analizar los libros, lo que genera durante la lectura una rara intimidad, a la que también contribuye el humorismo que impregna la obra, que es un humorismo sutil y enormemente serio; es decir, muy chileno. Zambra ve las potencias de la literatura incluso en aquello que otros consideran deficiencias (su defensa de la falta de reflexión literaria en la correspondencia de Manuel Puig y sus implicaciones para la interpretación de su obra es modélica) y sobre su visión de la literatura planea un estilo necesariamente más expansivo que el de sus libros de ficción, a los que sirve de antesala, pero no por ello menos exquisito.

Aunque hace unos años aún era un territorio por descubrir y de posibilidades insospechadas, lo cierto es que ya podemos intuir llegados a este punto qué extensión tiene el territorio de la literatura en español producida por la que (repito) podemos llamar mi “generación”; Julián Herbert, Alejandro Zambra, Juan Terranova, Pablo Raphael, Gonzalo Torné, Juan Sebastián Cárdenas, Alejandra Costamagna, Javier Montes y Rodrigo Hasbún señalan, en ese sentido (y de formas muy diferentes), cuáles son los límites de ese territorio, que otros habitan sin expandir sus fronteras, y, en ese sentido, No leer invita al descubrimiento de ese mismo territorio y de uno de sus principales creadores.

 

 

Here.


“No leer”, o el arte del ensayo literario (Anna Maria Iglesia, Revista de Letras)

“Nunca pensé que mi oficio apelara a los autores”, confiesa Alejandro Zambra en las notas introductorias a los textos que conforman su último libro No leer. Zambra no tardó en descubrir que su oficio, el de ser crítico literario, apelaba siempre a los autores cuyas obras comentaba; su oficio no era el del simple lector, evidentemente gran parte de su labor residía en la lectura, sin embargo, iba mucho más allá, su lectura individual e íntima se convertía en crítica, en artículos públicos que salían del ámbito privado para dirigirse a los potenciales lectores así como, y éste es el dato que sorprende a Zambra, a los propios autores. Parece inevitable que la labor crítica apele a los autores, por extrañas combinaciones muy alejadas de lo meramente literario, los autores se convierten en los principales interlocutores del crítico, lejos de plantear una reflexión en torno a la obra, a la propuesta literaria, la crítica se convierte en una misiva cuyo destinatario es inexplicablemente el autor.

Puede que sea ésta la razón que justifique el poco reconocimiento público del crítico, a quien raras veces -¿nunca?- se le dedican plazas, calles o edificios… estos emplazamientos están reservados a la conmemoración de los autores que, al fin y al cabo, y lejos de aplaudir el ostracismo al que a veces la crítica ha sido condenada, son los que hacen posible la labor crítica. Una vez, un profesor universitario me dijo que nunca debía olvidar que antes que nada siempre está la literatura; por entonces yo no comprendí una afirmación tan categórica, aunque el tiempo le ha dado la razón, una razón que, ahora, se reafirma en cada uno de los textos-ensayos de Alejandro Zambra para quien el trabajo ideal consistía en “hablar sobre libros que quería leer, sobre autores que admiraba o sobre temas que realmente me interesaban”. Tras algunos años dedicados a la crítica, Zambra empieza a escribir sobre los libros “que quería leer”, sus nuevos artículos dejan de encasillarse en la sección de crítica para abrirse a un género más ensayístico dedicado a la reflexión literaria. ¿Acaso la crítica no debe ser reflexión literaria? ¿No es ésta, la reflexión literaria, la perfecta manifestación de la labor crítica?

No leer es ante todo una invitación a la reflexión, no solamente en torno a la literatura, sino, y sobre todo, en torno a la crítica, a lo que quiere decir ser crítico literario. En cada uno de los textos que componen su libro, Zambra propone una crítica literaria basada en la reflexión, no sometida a las novedades editoriales y ajena a los entresijos de un mundo literario representado en demasiadas ocasiones como un mundo en el que “los escritores se la pasan peleando y dándose codazos”, olvidando, escribe Zambra, que es “un mundo donde se comparte”. Dejando de lado las imposturas que, con demasiada frecuencia, han impregnado la crítica en nombre de valores completamente extra-literarios, el lector -porque el crítico, como así el escritor, es ante todo lector- que ha sobrevivido a la lista de lecturas obligatorias en sus años escolares, que ha sobrevivido “a esos profesores que hicieron todo lo posible para demostrarnos que leer era la cosa más aburrida”, no puede volver a sucumbir a una nueva lista, esta vez, a una  lista de novedades, de posibles éxitos o fracasos editoriales. La crítica no está para encumbrar obras, el crítico no está para promover el éxito en ventas, pero tampoco está, en nombre de venganzas ruines, para promover el fracaso de un libro. El crítico está para la reflexión literaria, para abrir aún más si cabe los interrogantes propuestos por las obras, para proponer claves de lectura, interpretaciones que el propio autor no creería posible.

Decía María Zambrano que un libro no leído es “en potencia como una bomba que no ha estallado”, una bomba que el oficio del crítico debe hacer estallar: a través de su lectura, el crítico, sin entrar en los más que discutibles tópicos del elitismo intelectual, es capaz de apoderarse de la obra. La lectura y, sobre todo, la lectura crítica, escribía Maurice Blanchot, hace posible aprehender la obra, “reduciendo y suprimiendo toda distancia con ella”. El crítico con las mayúsculas que tanto gustaban a Mario Levrero,  quiere hacer de la distancia que se establece entre el autor y su obra y, habría que añadir, entre la obra y el lector, “el principio de una nueva génesis”. Para ello, la crítica literaria debe liberarse de todas las ataduras, debe volver a ser lectura: al igual que Zambra rehuye los cánones de Harold Bloom, se hace indispensable rehuir de los rankings que, en nombre del mercado o de una determinada estética, clasifican las obras y sus autores, obligando al más cruel de los silencios, el silencio de la palabra, a todas aquellas obras que, como sus autores, no están inscritas en ninguna generación, en ninguna escuela, sino que son solamente creaciones literarias, literatura.

Alejandro Zambra se presenta a sí mismo como lector, miembro de la generación Ercilla, compañero de aquellos que sucumbieron a la lectura a través de los títulos publicados por esta editorial; sólo posteriormente, el lector Zambra se convirtió en crítico y en escritor, solamente después pudo hacer de la lectura su oficio, sus lecturas se convirtieron en su equipaje, en aquellos libros indispensable para viajar hacia una reflexión literaria que, sea desde la crítica-ensayo sea desde la creación, le permiten explorar, a la vez que refrescar, el nuevo panorama literario. “Me costaría un mundo buscar afinidades reales con un estilo o tendencia”, se lee en el último ensayo de No leer, “en especial porque preferiría no tener un estilo y no adherir a tendencia alguna”, afirma el Alejandro Zambra novelista y poeta, pero también el crítico, los tres rehuyen la rigidez de las tendencias estilísticas, rehuyen ser encasillados en una determinada tendencia, ellos pertenecen al grupo de Ercilla, al grupo de los lectores. Solamente desde fuera, desde la libertad que ofrece la independencia de no pertenecer a ninguna tendencia, de no tener que suscribir los dictámenes del mercado, de los estilos y de las modas, es posible “refrescar” el panorama literario del cual, si bien la literatura, como dijo el sabio profesor, siempre va primero, la crítica, entendida como reflexión, no puede ser excluida.

No leer es una extraordinaria reflexión literaria, Alejandro Zambra vuelve a dar sentido a la lectura y a la escritura, “se escribe para leer lo que queremos leer”, afirma el autor, pero también “se escribe cuando no queremos leer a los otros”; la lectura y la escritura se convierten en las dos caras de una misma moneda y la crítica reúne en sí misma estas dos actividades, ya no entendidas desde la lógica de los opuestos, sino como dos elementos complementarios, dos suplementos de una totalidad siempre superior y siempre inesperada llamada Literatura. Como lo hace Zambra de la mano de Clarice Lispector, es necesario decir “no” a la literatura, porque sólo así la literatura se convierte en ese espacio inesperado, en un artefacto que al estallar hace que todavía sea posible seguir escribiendo, pues no hay todavía conclusión posible. Con el mismo verso -“etcétera, etcétera, etcétera”-con que Brodsky cerraba su poema, Zambra deja abierta su reflexión: La tarea del crítico no ha terminado, así como la Literatura sigue abriendo nuevos panoramas, la crítica debe reflexionar sobre sí misma para seguir dando luz, una luz propia y auténticamente literaria, a las futuras obras. Alejandro Zambra lo hace, No leer hace que aquel libro no leído de Blanchot empiece a ser escrito.

Revista de letras. Here.


Formas de volver a Zambra (Fabián Casas, diario Perfil)

En Alien 3 la teniente Ripley acaba en un planeta donde se ha construido una penitenciaria que está habitada por fanáticos religiosos con reglas estrictas (como sucede en los locales de fast food). Ripley llegó en una nave que vino viajando por el espacio y que tuvo la suerte o la degracia de caer de cabeza en ese lugar. Unos presos que recorren la zona la descubren y la sacan de adentro del chasis destruido donde también viajaban otros cosmonautas que han muerto con el aterrizaje frontal. Cuando se recupere y tenga que entender qué fue lo que sucedió, Ripley irá hasta la nave destruida y de adentro de la chatarra espacial rescatará la cabeza de un androide con forma humana. Ripley la sintonizará como si buscara una señal de radio. La cabeza del androide cobrará vida y le relatará lo que les pasó. Mientras leía los artículos que componen No leer, el libro de alejandro Zambra editado por la Universidad Diego Portales, tuve una sensación que me trajo a la mente esa escena de la película. Porque si bien el libro se lee como un todo, entre artículo y artículo –mientras uno sumerge la cabeza y los ojos en la prosa de Zambra– se siente que cada uno tiene un valor en sí mismo, una sensación de lectura vertical, no horizontal, la sensación de que la negritud y el silencio del universo nos rodean para prestar atención a cada uno de ellos, la idea de que un minúsculo artículo o la cabeza de un androide nos depara una explicación para todo. Bosquejos, ensayitos, cuentos camuflados en ensayos (a la manera borgeana) y toda una forma intensa de reflexionar y encantar a los lectores como sólo la escritura que le escapa a los lugares comunes puede hacerlo.

Zambra elige ponerle a su libro de lecturas No leer. Mientras cuenta cómo la tiranía de ejercer la crítica (y tener, por eso, que leer muchos libros malísimos) lo hizo casi convertirse en un crítico oficial de su generación, también hace hincapié en la alegría de (cuando tiró la toalla y renunció a las reseñas fijas) no tener que soportar más las lecturas soporíferas y la indiganción de los escritores sancionados a los que a veces cruzaba en bares ocasionales o presentaciones de libros. Zambra se considera más un lector que un escritor. Pareciera que las lecturas intensas y largas, fuera del tiempo, hacen que, de vez en cuando, el escritor drene esos pequeños textos que son sus novelas y ensayos. Alejandro Zambra publicó dos relatos cortos: Bonsái (2006) y La vida privada de los árboles (2007), y recientemente uno un poco más extenso llamado Formas de volver a casa (2011). Los artículos de No leer fueron publicados en 2010. Leer estos trabajos como si fueran una forma secundaria de escritura del Zambra novelista puede ser un error. Una ilusión óntica u óptica. No leer no es un  libro parasitario de los trabajos mayores que le dieron resonancia a su escritura. No: es un libro central en su trabajo, a la par de las miniaturas líricas que el escritor chileno ha venido publicando en los últimos años.

Durante mucho tiempo Chile tuvo la desgracia de considerarse un país de un solo poeta: Pablo Neruda. No había nada que pudiera escapar a la verba del poeta comunista. Neruda todo lo comía, lo metabolizaba y lo excretaba por su ano hiperbólico. Por suerte esta versión tranquilizadora que llevó a muchos críticos chilenos a decir que Chile era un país de poetas, así como se dice que el suelo cubano produce buen tabaco, fue insostenible. Zambra lee la tradición chilena lateral a Neruda: Nicanor Parra, Enrique Lihn, Juan Luis Martínez. Va moviendo el dial hasta que, como decía Osvaldo Lamborghini, “en tanto poeta ¡zas! novelista”. Así llega a Roberto Bolaño, pasando por escritores clásicos como Adolfo Couve y su formal Cuarteto de la infancia. A diferencia de los hinchas de River, Zambra celebra el descenso, la caída desde las alturas de Machu Picchu: “La obra de Bolaño cuenta la historia de un poeta resignado a ser novelista, un poeta que desciende a la prosa para escribir poesía”, escribe en un ensayo fragmentario sobre el chileno casi mexicano. Pone el ojo en los escritores “menores”, los que fueron y van contra las grandes corrientes consagratorias. Por eso habla –mucho– de Julio Ramón Ribeyro: “Mientras sus colegas escribían las grandes novelas sobre Latinoamérica, Ribeyro, el orillero del boom, daba forma a decenas de cuentos simplemente magistrales, que, sin embargo, no llenaban las expectativas de los lectores europeos”.

Asi que por un lado van los escritores “orilleros” y por el otro se desmarca del nerudismo: “Lo que Neruda inventó fue, en realidad, un balbuceo elegante, un fraseo literario que favorece el rodeo y la eterna divagación. La antipoesía nos salvó de esa retórica instantánea”. Y en uno de los puntos altísimos del libro, un cuento escondido en un ensayo que se llama “Buscando a Pavese” (y que estaría bueno leer en conjunto con un relato de Piglia llamado El pez en el hielo donde Renzi también sigue los pasos de Pavese), dice el Zambra personaje que está en Santo Stefano Belbo: “Alguien nacido en el país de Neruda no debería hacer este viaje. Crecimos en el culto al poeta feliz, crecimos con la idea de que un poeta es alguien que suelta sus metáforas a la menor provocación, que acumula casas y mujeres y dedica la vida a decorarlas (a las casas y a las mujeres) con mascarones de proa y botellas de Chivas de cinco litros”.

Juan Luis Martínez fue un poeta chileno que publicó un libro llamado La nueva novela, que produjo un viraje genial en la literatura trasandina. El libro en cuestión es un conjunto de poemas propios, textos de otros reversionados, hojas transparentes con escrituras en idiomas foráneos, versos casi algebraicos y collages y pinturas como los de la poesía concreta. Arte físico, libro objeto, conceptual, que viene de los antipoemas de Nicanor Parra y que inauguró lo que se llamó la escena de avanzada, todo una nueva forma de hacer poesía en Chile. El libro de Juan Luis Martínez tenía enganchado en una de sus páginas un pequeño anzuelo. En un texto que se llama Elogio de la fotocopia, Zambra cuenta cómo con sus amigos hicieron una versión duplicada de este libro: “Por mi parte, la mayor joya bibliográfica que tengo es un peregrino ejemplar de La nueva novela, el inimitable libro objeto de Juan Luis Martínez. Lo fabricamos entre varios, convertidos de nuevo en esforzados alumnos de técnicas manuales. El resultado fue una mesa bastante coja, pero nunca voy a olvidar lo bien que la pasamos en esa semanas de tijeras, anzuelos y fotocopias”.

Yo veo en este hecho –unos jóvenes escritores replicando un libro inhallable y genial– toda una escena de conversión. Iba a poner “de iniciación” pero para mí hay algo religioso en esto. Y definitivo. La literatura como algo que se escapa de la literatura, la idea de copiar, mixturar, versionar otras voces como centro del trabajo artístico, la necesidad de no tener que representar a un país ni a una moda ni a nada. La sensación lúdica y colectiva de armar con los amigos un juguete rabioso y mortal.

Publicado en diario Perfil, el 23/10/11. Tomado de acá.


Sobre No leer (por Wilfrido H. Corral, Letras Libres)

Hay autores desesperados por figurar en la nueva “nueva” narrativa hispanoamericana, ya cuarentones o cincuentones. Hay otros de una madurez y sofisticación que desmiente su juventud, a quienes solo les importa la prosa lúcida y verdaderamente nueva. Zambra (1975), autor del conceptualmente preciso y fluido díptico compuesto por Bonsái y La vida privada de los árboles, está entre los últimos. Su sutileza para combinar lo que Perec llamaba lo “infraordinario” con una especie de “autobiograficción” verdaderamente innovadora no tiene límites. No leer, selección de su prosa no ficticia publicada entre 2003 y 2010, alguna revisada, es un emblema de esas permutaciones, con el valor añadido de incluir referencias y llamados interdisciplinarios de última moda y de literatura mundial clásica.

El título es un mandato irónico, y entre otros efectos positivos estos ensayos y reseñas aguijonean a sus lectores a leer de manera diferente, no solo a buscar la sustancia entre líneas. Sus fuentes, lecturas y referentes son vastos, sus criterios de tono muy directo, ofensivos solo para algún esteta pusilánime, y su estilo novelístico y variado. Esto es precisamente lo que propone la nota homónima, que parte de Cómo hablar de libros que no se han leído de Pierre Bayard. Zambra dice no haberlo leído, consciente de la superabundancia de libros, artículos y teorías fugaces sobre la lectura, y de que se puede ser un lector incorrecto de varias maneras productivas.

Zambra afirma implícitamente que la cronología simple no permite comprender las relaciones entre las obras, y sus ejercicios de estilo son también ejercicios de pensamiento que ofrecen la posibilidad de repensar nuestra relación con lo escrito y la escritura sin subestimar el esplendor de leer libros complejos. Diferente de Bayard, Zambra no provee un manual del usuario, sino un vade mecum y poética que se divierte con las pretensiones de sus coetáneos y sus esfuerzos por congraciarse con ciertos poderes (“De novela, ni hablar”), situándose sabiamente entre erudición y habladuría (“La literatura de los hijos”, sobre Correr el tupido velo de la hija de Donoso), para ofrecer un elogio y teoría de la lectura, y para mostrar que apasionarse no quiere decir cambiar de parecer.

Su brillo conceptual nunca deja de abrumar felizmente: cuando escribe sobre Bonsái (“Árboles cerrados”), autores canónicos (Borges, Vargas Llosa), cartas, el lenguaje, giros lingüísticos, poesía (“Contra los poetas”), sobre autores italianos (los más), franceses y japoneses, y sobre varios recovecos de la cultura literaria popular. Un hilo que enhebra ciertos dictámenes contra lo banal es que ve la prosa como poesía, y en el paso de un género a otro se nota su extrema confianza en el acto de narrar, porque la ficción es el objetivo de sus crónicas. “Una lengua corrompida”, sobre Coetzee, es ilustrativa de su propósito.

La segunda sección, con las piezas más extensas, incluye la mejor interpretación de la poesía de Bolaño, y lecturas profundamente naturales de Parra y Pavese. Consistentemente, el ensayo más largo y memorable
del libro es sobre la prosa poética fragmentaria de Ribeyro, que como muchos otros textos es más bien sobre la novela y el cuento. Cuando allí habla de la relación entre vida y literatura, acudiendo a chispazos biográficos, uno se da cuenta de que también está hablando de la legibilidad del mundo, y es claro que él, como dice de Bolaño, también ha desordenado la literatura latinoamericana.

En la primera sección, la más variada, “Que vuelva Cortázar” va contra el gesto de moda pero fútil de sus contemporáneos argentinos de infravalorar y destituir al extravagante Cortázar. Además de poetas (de Shakespeare a Pessoa, Eliot y Pound) y Flaubert y Diderot, se concentra en narradores del yo como Levrero, Macedonio (“nuestro Sterne”) y Vila-Matas, preferencia esclarecida por su propia ficción y las minucias sobre el arte de escribir. Si la prosa no ficticia de muchos nuevos narradores deja mucho que desear, también es verdad que es inútil emplear el ensayo como excusa “literaria”. Zambra nos convence de no subestimar el propósito original de ese género.

Es evidente que consagra la primera sección a sus autores, obras y temas favoritos. También elogia las fotocopias sin pedantería académica, y dedica numerosos comentarios brillantemente comprimidos sobre autores estadounidenses (partiendo de la Spoon River Anthology, hasta Cheever y Carver) y cultura popular. Tampoco evita proveer información autobiográfica sobre su costumbre de leer en cualquier lado (“Festival de la novela larga”). Enterado, al día con la crítica especializada (Bloom, Derrida) o de autor (Kundera), ajusta cuentas con figuras mayores como Edwards, y con la “chilenidad”. La capacidad de Zambra para leer a través de los siglos, disciplinas, categorías y definiciones lo distancia de sus contemporáneos. No leer es un gps literario extremadamente oportuno, de un autor establecido que contiene multitudes a las que no se les puede hacer justicia en una reseña. ~

Publicado en Letras Libres, Marzo 2011. Tomado de aquí.