Un vivero (por Carlos Labbé, revista Sobrelibros)

Quizá sea posible hablar acá de un recurso literario como se escucha un motivo en la música, sin recurrir a sistemas retóricos sino a una experiencia donde lo irreversible -esa fatalidad que se nos interpone en el paso del tiempo en los relojes- pierde esa propiedad mientras identifiquemos en la lectura algo fascinante que se repite, al revés y al derecho, como un eco de la anécdota en la disposición novelesca que, finalmente, resuena en quien lee. Así pasa con La vida privada de los árboles, de Alejandro Zambra, cuando el motivo -no la imagen, no la metáfora, no el tropo- apropiado para escribir un libro sobre la familia es el lento crecimiento de las plantas en conjunto, la cualidad que debe tener cualquier semilla solitaria que termina volviéndose bosque; un motivo como un campo semántico -si no fuera tan específico el término-, como ese aire que uno le encuentra en común a los cuerpos, los gestos y las miradas de dos personas que han pasado suficiente tiempo juntos. Hay un árbol que viaja por el mundo en la fábula que Julián le cuenta a su hijastra Daniela mientras esperan que vuelva Verónica, hay un movimiento vegetativo en la autobiografía insomne que él se imagina porque ella todavía no llega, y también hay -en la estructura del libro, en sus dos partes- una reflexión sobre el crecimiento de las plantas cuando están en un invernadero o a la intemperie, sobre la necesidad que tenemos de proteger artificialmente incluso a aquellos que están hechos para soportar las inclemencias del tiempo.

Quizá si hable del desplazamiento vegetal, si pueda dejar en claro que las plantas se mueven aunque no podamos ver sus variaciones, el insistente motivo arbóreo de La vida privada de los árboles me impida -por ahora- reducir la espera de Julián a una contingencia literal de autor tanto como a una teoría del motivo narrativo, que va, viene y no lo puedo asir. Una persona que desaparece seguirá en movimiento, por sí misma o en relación a quienes se quedan echándola de menos, buscándola, contemplando cómo su figura se va reduciendo en el horizonte; uno sospecha que Daniela sabe qué le pasó a su madre desde el principio -o que ésta le contó sus planes- desde que celebra la fábula sobre el álamo y el baobab que Julián le está contando en la cama: el cuento parece encantador porque altera las buenas intenciones de libros infantiles como Alamito el largo y El principito. El baobab, ya no un melancólico árbol sedentario, decide recorrer los continentes para vengar al roble amigo, mientras el álamo se queda en el bosque en vez de recorrer los ríos hasta el mar; los lugares artificialmente protegidos pueden matar a los árboles tanto como las heladas del invierno, por eso nos aburrimos ante libros, películas y congresos políticos donde todos los personajes son igualmente buenos. Como en el partido de fútbol que Julián ve en la televisión, donde un equipo modesto le gana a un equipo poderoso, la expectativa de quien escucha esa fábula coincidentemente titulada “La vida privada de los árboles” crece a medida que las reglas de los libros escritos para niños se trastocan: Verónica, esposa y madre, tiene que volver de sus clases vespertinas pero no vuelve. El mal sobreviene sin que actúe la bruja malvada o el lobo; Verónica simplemente desaparece.
Una de las condiciones usuales de una novela de desapariciones era que su protagonista viajara, que la búsqueda tomara la forma de un recorrido físico -como en Los detectives salvajes, en Respiración artificial y en La invención de Morel, sí, pero también en la novela negra, en Moby Dick, El Quijote, La divina comedia, los Hechos de los apóstoles, el Génesis y el Apocalipsis– hasta que Kafka, Beckett y Borges demostraron que no hay espacio, sino sólo tiempo en la literatura, que la odisea, el peregrinaje y el éxodo no se opondrán al sedentarismo, al salón y al enclaustramiento en un texto mientras esté detenido, mientras no venga alguien a leerlo. La desaparición es el cambio de una sola variable en el laboratorio -en el vivero-, que provoca el colapso del conjunto de las leyes; en su vigilia, Julián entreteje los discursos amorosos de la colección de literatura Zigzag como una Penélope, en vez de recorrer el mundo como un Ulises -que no tiene tiempo de leer-, para renovar el tradicionalmente antipático padre de la novela familiar chilena desde ese estado de ánimo que le inspira su hijastra, que acaso se podría definir como ternura, responsabilidad, devoción, alma. Pero no digo eso; sólo que La vida privada de los árboles interviene la narrativa chilena familiar al poner en el centro del relato a un padre diferente a aquellos que, a medida que pasan las páginas, se esconden del descampado de la adultez en soliloquios donde tampoco son capaces de escucharse a sí mismos; de Blest Gana a Donoso, de Manuel Rojas a Fuguet, pasando por D’Halmar, Rojas Jiménez, Huneeus, Bolaño y Marín, la gratitud y el cariño sólo se expresaron en las dedicatorias. “Julián maldice su idea fija: en vez de hacer literatura debió hundirse en los espejos familiares”.
Vuelvo al motivo vegetal por última vez para insistir en que La vida privada de los árboles es también una novela de formación invertida, una bildungsroman que quiere llegar a las raíces de la infancia desde las ramas secas que conforman la desaparición, esa otra manera de decir la vejez y la muerte. Queda esa contradictoria lectura literal de un título que pareciera estar ahí sólo para ser refutado: sólo los seres humanos tienen vida privada; los árboles son públicos, accesibles, lo que buscan es esparcir su semilla y volverse bosque. Sin embargo nunca entenderemos cómo vive un árbol: quién se atreve a cortar un tronco solamente para conocer la historia de sus anillos concéntricos, para llegar a ese centro donde era apenas el brote de una semilla. Mi lectura de este motivo vegetal se hace también irreversible porque la desaparición de Verónica lleva a Julián a revisar corteza, savia y hojas, a sacar sus propias raíces del macetero para que Daniela no se convierta en un bonsái, para que crezca fuera de su relato aunque esto la exponga al mal tiempo, no a aventurar una fábula que consuele a los que nos preguntamos también qué pasó con Verónica, qué es lo que viene después de que los troncos se secan y se cortan y se queman y se convierten en carbono que los animales no podemos respirar para que vuelvan a crecer las plantas en la tierra.
Publicado en sobrelibros.cl, 15 de julio 2007. Tomado de acá.
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