Para viver um pequeno grande amor (Paulo Camargo)

Bonsái
Alejandro Zambra. Tradução de Josely Vianna Baptista. Cosac Naify.
64 págs., R$ 23. Romance.

 

Dizem alguns que uma paixão, para ser grande, arrebatadora, tem de ser breve. Senão se dilui nos dias e vira outra coisa, à qual muitos preferem não dar nome. Outros chamam de amor. Essa ideia do idílio abreviado, intenso, concentrado no tempo e no espaço, é central em Bonsái, romance de estreia do escritor chileno Alejandro Zambra, de 37 anos, que participa, entre 4 e 8 de julho, da décima edição da Festa Literária Internacional de Paraty (Flip). O livro, apesar de ter sido publicado em 2006, só agora chega ao Brasil, pela editora Cosac Naify, com tradução da curitibana Josely Vianna Baptista.

Essa ideia de uma história podada, drenada de seus excessos e até mesmo de parte de sua essência, já se anuncia em seu título, Bonsái, técnica da jardinagem japonesa, por muitos vista com uma arte, que consiste em miniaturizar plantas, sobretudo árvores, por meio de um controle absoluto de seu ciclo de crescimento, envolve procedimentos muito específicos e extrema dedicação.

Esse conceito está no livro de Zambra tanto como metáfora quanto literalmente. Explicando: no núcleo da narrativa enxuta, e que por vezes mais parece um resumo do que poderia ter sido um longo romance, cuja trama atravessa anos e oceanos, está um caso de amor. Entre Julio e Emilia, amantes da palavra escrita, e, em princípio, profundamente apaixonados um pelo outro. Mas não para sempre.

Essa paixão é pautada pela literatura. Ele mente ter lido, na íntegra, todos os volumes de Em Busca do Tempo Perdido, clássico do escritor francês Marcel Proust, e a conquista. Enquanto permanecem juntos, leem muito, principalmente na cama: romances, contos, poemas e, inclusive, o própria obra de Proust, que não conseguem terminar. Vão de Raymond Carver a Georges Perec, passando até pelo poeta sueco Tomas Tranströmer, que ainda não havia ganho o Nobel quando Zambra lançou seu livro.

Dentre os textos que frenquentam o leito de Julio e Emilia está o conto “Tantalia”, de Macedonio Fernández (1874-1952), com quem Zambra diz ter, na vida real, uma relação de ódio e amor, ao ponto de permitir que seu texto seja contaminado pelo do escritor argentino. A história, uma das muitas lidas pelos protagonistas, fala de um casal que faz um pacto. O de comprar uma plantinha e dela cuidar como símbolo do amor que os une.

Ao perceber que se a planta (que pode ou não ser um bonsái) morrer, o sentimento entre eles também irá perecer, os personagens do conto decidem depositá-la no meio de uma floresta. Quando se dão conta do erro que cometeram, é tarde demais – já não conseguem mais identificar, em meio a tantas outras plantas parecidas, aquela que lhes era tão especial. E o amor acaba. Assim como a paixão de Julio e Emilia.

A escrita de Zambra, ao mesmo tempo exuberante, por transbordar imagens e referências literárias, e extremamente concisa – Bonsái tem apenas 64 páginas –, nos conduz por uma longa e tortuosa estrada. Mas o marcador de quilometragem registra uma distância curta, quase insignificante. Esse é um dos grandes méritos do livro, o de concentrar tanto em uma narrativa tão curta.

Sabemos quem Julio foi, e intuimos o que dele será. A nós, também é revelada sua relação atribulada com os livros e até mesmo com quem os escreve: ele se torna uma espécie de assistente de um escritor famoso. Também sabemos da vida de Emilia, sua relação com a família, os namorados, os laços estranhos que a ligam à melhor amiga, Anita, e seus descaminhos, que nos levam a Madri, e por lá nos perdemos com ela.

O que fica de Bonsái é uma certa perplexidade. Vontade de saber mais, apesar da constatação de que a opção por bem menos é mais do que acertada e resulta em um livraço, premiado em seu país, traduzido em vários idiomas e adaptado ano passado para o cinema por Cristian Jimenez. GGGG

Publicado en Gazeta do Povo, 25/06/12. Tomado de aquí.

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Glosas (I): Formas de volver a casa, por Carlos Yushimito

Interesante el diálogo transatlántico que entablan Formas de volver a casa Soldados de Salamina. Sobre el libro de Javier Cercas hace ya algunos años me atreví a escribir algunas notas; las mismas han envejecido mucho y no hay por qué removerlas. El de Zambra, en cambio, merecería otro tipo de atención de mi parte, pero estoy seguro de que estas primeras glosas acabarán por volver sobre la deuda que su lectura ha dejado en mí cuando sea el momento.
Por ahora, mis intuiciones reposan sobre dos frases. La primera sabrá encontrarla el lector en la página 105 y proviene de quien, imaginamos, es el Zambra ficticio que escribe, narra en un nivel superior al del relato que inicia la novela y que se acaba convirtiendo en protagonista de la historia: “Sabía poco, pero al menos sabía eso; que nadie habla sobre los demás. Que aunque queramos contar historias ajenas terminamos siempre contando la historia propia.”
Es, si no recuerdo mal –hace años que abandoné mi biblioteca en Lima–, una certeza que comparte también el Cercas ficticio que escribe, narra y acaba convertido en protagonista, a su vez, de Soldados de Salamina. Zambra escribe sobre Claudia, del modo como Cercas lo hace sobre el viejo miliciano Miralles. En ambos casos la indagación sobre la memoria histórica –la Guerra Civil y el gobierno militar de Pinochet– se mueve del drama público al privado. Ambas voces se desvían al tiempo que delatan el proceso de escritura; alrededor de la ficción se afianzan reflexiones más complejas sobre los vínculos, la solidaridad, la fantasmagoría social, los pactos de silencio, las ausencias, la incómoda mascarada pública que oculta los procesos poco sanatorios, convenientemente amnésicos, de sociedades violentadas por el autoritarismo.
La diferencia entre ambos libros reposa, me parece, sobre la sensibilidad que tienen tanto Cercas como Zambra para observar experiencias (procesos históricos que rodean la reconciliación y la triunfante apuesta sanatoria, sostenida por una –ahora evidente– frágil apuesta económica), en apariencia, tan semejantes. Aquí voy a la segunda frase que los conecta y los separa. Se halla en página 148: “Es extraño, es tonto pretender un relato genuino sobre algo, sobre alguien, sobre cualquiera, incluso sobre uno mismo. Pero es necesario, también.”
El relato genuino es un claro referente al relato real, propuesto, obsesivamente, por Cercas en varias de sus novelas. Al margen de la desestabilización de verosimilitud que ambos autores proponen como estrategia discursiva, a mí me llaman la atención sus diferencias. Mientras el relato real de Cercas apela a un marco de identificación intelectual, documentado (de ahí que sus fragmentos “hiperreales” refieran a testimonios o a la crónica periodística), el relato genuino de Zambra se apoya en un marco afectivo, traducido en el género novelesco y ostensiblemente, en el poético.
Ambos libros, pese a los debates éticos que cargan consigo, se terminan escribiendo, un poco accidentalmente, un poco también por resistencia. La pregunta que rodea el texto de Zambra apunta a la validez de narrar el dolor ajeno, lo que al final parece resolverse con el testimonio propio. De ahí que la correspondencia entre hogar y país se afiance aquí, a diferencia de lo que ocurre en el texto de Cercas –más centrado en lo público–: el universo afectivo de Zambra acaba transfiriendo la tensión del escenario político al hogar, y los procesos colectivos a los sentimentales. Claudia y Eme, diluidas en este mundo ficticio plegado sobre sí mismo (un evidente juego barroco), atraviesan la experiencia narrativa, funcionan como testigos y testimonio, porque la única solución para narrar el dolor generacional termina por fundir la experiencia amorosa de la pareja con la experiencia afectiva fracturada por la irrupción de la violencia. El vínculo afectivo (en un espacio de vínculos rotos) atraviesa la fractura doméstica; la casa se hace así reflejo mínimo de país; el amor imposibilitado, una proyección de la imposibilidad de proyectos comunitarios.
En la evocación, en la búsqueda, en el develamiento de lo que esconde la superficie de la memoria (nacional y amada), he encontrado curiosamente algunas reminiscencias de Pedro Salinas. Por ejemplo, Zambra dice en la página 62:
Entonces no sabíamos los nombres de los árboles o de los pájaros. No era necesario. Vivíamos con pocas palabras y era posible responder a todas las preguntas diciendo: no lo sé. No creíamos que eso fuera ignorancia. Lo llamábamos honestidad. Luego aprendimos, de a poco, los matices. Los nombres de los árboles, de los pájaros, de los ríos. Y decidimos que cualquier frase era mejor que el silencio.
Estas frases se materializan más adelante en un poema, la única producción que trasciende el diario que el Zambra narrador encuentra posible para abordar una escritura que no halla la sensibilidad que reclama su prosa, de pronto enrarecida por la experiencia del testimonio (“La prosa me sale rara. No encuentro el humor, la tesitura. Pero suelto algunos endecasílabos y de pronto me dejo invadir por ese ritmo…” 153):
Cuando no conocíamos los nombres
de los árboles
Cuando no conocíamos los nombres
de los pájaros
El amor al miedo
Ni el miedo al miedo
Y el dolor era un libro interminable
Que alguna vez hojeamos por si acaso
Salían nuestros nombres al final.
Ambas ideas, que giran nerviosamente alrededor de la conveniencia de nombrar, de aprender las convenciones sociales, sus ceremonias alrededor, a su vez, de la seguridad que entierra la amnesia, me llevaron a mis versos favoritos de La voz a ti debida, de Pedro Salinas:
¡Qué inocencia creer
que fue el pasado de otros
y en otro tiempo, ya
irrevocable, siempre!
No, el pasado era nuestro:
no tenía ni nombre.
Podíamos llamarlo
a nuestro gusto: estrella,
colibrí, teorema,
en vez de así, “pasado”;
quitarle su veneno.

Nombrar, nombrarse, en Formas de volver a casa, es como un reverso consciente de aquellos versos. La novela de Zambra es el diario que lee la escritura como una posible terapia, insistente apuesta ética, no exenta de los cuestionamientos sobre la función de la literatura sobre los procesos históricos nacionales. También, en segundo grado, aunque quizá superpuesto al anterior, se trata de una novela que reelabora los textos de educación sentimental, una que problematiza la amnesia: como Salinas, ese viaje constante al pasado para reconstruir el presente. Claudia (y con ella la real, la genuina Eme, amada innombrada) lleva en sí misma fantasmagoría que cuestiona las heridas irresueltas y también el amor esencial, de raigambre romántica. “Que lo que recuperaban no era a las personas sino los nombres. Deshacían, por fin, esa distancia entre los cuerpos y los nombres.”

Tomado de acá.