Windows on the World (The Paris Review, Matteo Pericoli- Alejandro Zambra)

Alejandro_Zambra

I’m not sure that my little studio is the best place in the house to write. It’s too hot in summer and too cold in winter. But I like this window. I like those trees crossed by power lines and that slice of available sky. The silence is never absolute, or maybe it is—maybe my idea of silence now includes the constant barking of dogs and the uneven roar of motors. I take enormous pleasure in watching passersby, the odd cyclist, the cars.

When the writing isn’t happening I just sit there, absorbing the scenery, adoring it. I’m sure those minutes, those apparently lost hours, are useful in some way, that they’re essential for writing: that my books would be very different if I had written them in another room, looking out another window. —Alejandro Zambra

Translated from the Spanish by Harry Backlund.

April 5, 2013

http://www.theparisreview.org/blog/2013/04/05/alejandro-zambra-santiago-chile/


Ni pasos dejo

Me gustaba la misa. Nunca me obligaron a ir, de hecho casi siempre iba solo, por extraño que suene ahora. La verdad es que me cuesta imaginar esas numerosas mañanas de domingo pasadas en la iglesia, que en rigor no era una iglesia sino el gimnasio de un colegio de monjas. Un par de amigos se burlaban de mí, pero no me importaba: tenía 8 años, creía firmemente en Dios y me parecía que ir a misa era algo más bien divertido. Por lo demás, me sabía los parlamentos de memoria, aunque había partes que oía mal. Cuando el cura decía “Mi paz os dejo, mi paz os doy”, por ejemplo, yo entendía “Ni pasos dejo, ni pasos doy”, y no entendía la imagen pero me agradaba pensar en ese Jesús inmóvil y un poco misterioso.
Otro momento favorito era cuando todos decían: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa”. Esa frase era, para mí, la expresión máxima de la cortesía y de la elegancia, así que durante un tiempo la adopté. Recuerdo el ataque de risa que le dio a mi mamá cuando una tarde le abrí la puerta y le dije, con toda la solemnidad del mundo, “madre, no soy digno de que entres en mi casa”. Y por supuesto repetí la broma hasta agotar la paciencia de todos. Lo demás no lo decía, porque eso de que bastara una palabra para sanarnos me sonaba exagerado o me intimidaba, pero quiero pensar que justamente entonces tuve la intuición de que en el lenguaje había un cierto poderío, alguna posible secreta eficacia.
Eso era lo que me gustaba de la misa: que las palabras cumplían una función distinta, que de algún modo brillaban. Me sucedía también con experiencias menos solemnes, como cuando escuchaba algunas frases mal traducidas o mal pronunciadas y por eso mismo maravillosas en las canciones de Roberto Carlos y de Adamo, o con los relatos radiales de Vladimiro Mimica, que embellecía el fútbol al punto de transformarlo en algo bastante más apasionante de lo que en verdad era.
Vladimiro Mimica sigue siendo –aunque por otros motivos– uno de mis ídolos, y no he dejado de creer ni en Roberto Carlos ni en Adamo. Y en cambio hace ya por lo menos veinticinco años dejé de creer en Dios y de ser católico. La historia es más larga y compleja, pero la resumo: a los diez años hice la primera comunión y poco tiempo después me ofrecieron oficiar como monaguillo, de manera que mi relación con la misa se modificó totalmente. La experiencia de estar en el altar y de ayudar en la misa me resultó, no sé muy bien por qué, terrible: me sentía incómodo, me sentía un poco farsante. Lo conversé con el cura, pero él no entendió o yo no supe explicar lo que me pasaba. De pronto me dijo: tú no sabes dar el saludo de la paz. Estás muy serio. Hay que sonreírle a la gente. A la gente le gusta darle el saludo al cura y a los monaguillos. Pero tú estás muy serio.
No sé muy bien por qué esa recomendación del cura, que ahora me parece atendible, entonces me entristeció tanto. Quizás me molestó comprobar que para él la misa también era un espectáculo. Al llegar a casa guardé la túnica blanca en el fondo del ropero, con la absoluta convicción de que no volvería nunca a la iglesia. Y no volví, ni le avisé a nadie. Y tampoco fui a alguna otra parroquia, de hecho desde entonces sólo he estado en misas relacionadas con la muerte de amigos o familiares.
Supongo que la fe nunca se pierde; que se convierte, por ejemplo, en amor a las palabras, a las ideas, y sobre todo a las personas. Como gran parte de los chilenos, pienso que la Iglesia casi nunca está a la altura de lo que significa para la sociedad. Y que por eso mismo su lugar es cada vez menos relevante. Como muchos chilenos, ya no me acuerdo del “Credo” y apenas recuerdo el “Padre nuestro”.

Publicado en La Tercera, 8/4/2012.


Actualidad de “Hamlet”

Es preciso decirlo con alegría, agradecerlo: nuestro trabajo es ideal. Aunque de vez en cuando un editor nos llama y nos pide que seamos más actuales, sabemos muy bien evadir la contingencia; somos capaces, incluso, de dedicar nuestra columna dominical a hablar sobre Hamlet. Por lo demás, si el editor insiste, basta con que agreguemos una o dos frases al final de la columna. Podemos decir, por ejemplo, que al releer algunos pasajes de esa obra maravillosa descubrimos la profunda actualidad de Shakespeare. No es necesario que aclaremos cuáles son esos pasajes tan actuales, pues se sabe que en las secciones de cultura no hay demasiado espacio para argumentar.

Y qué más da, si también sabemos que nadie nos lee. Todos los columnistas de todas las secciones de cultura de todos los diarios del mundo sabemos eso. De puro neuróticos cuidamos la prosa, saboreamos cada adjetivo, perdemos un tiempo valioso decidiendo si dos puntos o punto y coma, y nos duele el corazón cuando descubrimos que se nos pasó alguna errata, o que escribimos mal la palabra idiosincrasia. Pero sabemos que es muy probable que absolutamente nadie lea nuestras columnas. Al principio nos dolía pero ahora nos alegra. Porque qué cansador sería pensar, por el contrario, que lo que uno hace es importante, que mucha gente va a leer, en el diario, lo que decimos. Que tenemos una responsabilidad.

Y a propósito de responsabilidades, hay que cuidar las páginas de cultura. Hay que quererlas. Es verdad que al final alguien embalará las copas o envolverá el pescado con nuestras reflexiones. Pero hay que cuidar estos espacios, porque son escasos y hacemos verdaderos malabares para convivir dignamente con los avisos comerciales. Somos los encargados de darle un poco de brillo al asunto. Nuestro rol es, por suerte, decorativo: nadie nos pide, por ejemplo, que condenemos la prepotencia del ministro Rodrigo Hinzpeter, la brutal intransigencia de Cristián Labbé, el inverosímil conservadurismo de Ena Von Baer. Nadie nos pide que hablemos sobre el presidente Sebastián Piñera, y es un alivio, porque si lo hiciéramos tendríamos que decir quién sabe cuántas cosas desagradables. Afortunadamente no tenemos que pronunciarnos en público sobre la incómoda certeza de habitar uno de los países más desiguales del mundo. Es bueno saber que nadie nos obliga a contar la historia de un país que con mucha rabia y algo de melancolía comprende que lo único que le queda es levantarse.

Es verdad que a veces nos invade cierta inquietud. Dentro de cincuenta o de cien años habrá gente estudiando este tiempo tan oscuro de la Historia de Chile y da un poco de nervio pensar que al revisar los diarios alguien encontrará nuestros nombres y nuestras opiniones sobre la actualidad de Hamlet. Quizás piensen que fuimos cómplices, que fuimos cobardes. Sentimos culpa al imaginar esa escena, quizás porque alguna vez, cuando éramos todavía muy jóvenes e inocentes, fuimos nosotros quienes pasamos la tarde en la biblioteca leyendo los diarios de los años ochenta. Y sentimos una tristeza honda y duradera.

Perdón, no hay para qué ponerse tan graves, tan pesimistas. Para qué pensar tanto en el pasado, o en el presente. Para qué pensar tanto. Para qué pensar. Yo estoy feliz, me parece magnífico tener la oportunidad de hablar sobre Shakespeare, sobre Hamlet, o sobre notables poetas y narradores, sobre novelas realmente buenas. Qué inmenso alivio no tener que reseñar esa novela desoladora y tan mal escrita que desde hace tantos años es Chile.

 

 

Publicado en La Tercera, domingo 25/03/2012.


Hermosos fumadores

“Escribir es, para mí, un placer complementario al placer de fumar”, decía Julio Ramón Ribeyro, y para mí también lo era: podía fumar sin escribir, desde luego, pero no podía escribir sin fumar. Por eso cuando, a comienzos de enero, dejé de fumar, pensé que corría el riesgo de dejar de escribir.
No sé si escribiendo soy bueno, pero puedo asegurar que fumando era uno de los mejores. Lo digo sin exagerar: yo fumaba muy bien. Yo fumaba con naturalidad, con fluidez, con alegría. Con muchísima elegancia. Con verdadera pasión.

Tampoco podía leer sin fumar. Por eso jamás leí ni escribí en los buses ni en los aviones. Había pasado temporadas largas sin escribir, pero no recuerdo un tiempo en que haya leído tan poco como este verano. Fue necesario, porque, como digo, eran actividades muy asociadas: más o menos a los once o doce años me volví, de forma casi simultánea, un lector voraz y un fumador bastante promisorio.

Luego, en los primeros años de universidad, construí un vínculo más estable entre la lectura y el tabaco. Entonces el poeta Kurt Folch leía a Heinrich Böll y como lo único que yo hacía era imitar a Kurt, me conseguí Opiniones de un payaso, una novela muy bella donde los personajes fumaban todo el tiempo, yo creo que en todas las páginas, o página por medio. Y cada vez que los personajes encendían sus cigarros yo prendía los míos, como si esa fuera mi manera de participar en la novela. Tal vez a eso se referían los teóricos literarios –pensé– cuando hablaban del lector activo, un lector que sufre cuando los personajes sufren y se alegra con sus alegrías, y sobre todo que fuma cuando ellos fuman.

Seguí leyendo a Böll con la certeza de que cada vez que alguien fumara en sus novelas, yo también lo haría. Y creo que en Billar a las nueve y media y en Y no dijo ni una palabra (qué buena es esa), y en Casa sin amo (qué triste), las siguientes novelas de Böll que leí, fumaban incluso más que en Opiniones de un payaso. Fue entonces cuando me volví un fumador compulsivo. Un fumador, para decirlo con precisión, profesional. (No soy tan estúpido como para decir que me volví tan fumador “por culpa” de Heinrich Böll. No: fue gracias a él).

Cuando dejé el cigarro pensé, atemorizado, en una conversación sostenida hace un par de años con mi amigo Andrés Braithwaite (uno de los fumadores más dedicados que conozco), durante un periodo en que él había abandonado nuestro noble vicio. Recordé que en cierto momento Andrés me había dicho, desolado: “Ahora todo es infinitamente más fome”. Me habló en particular sobre la lectura: me dijo que sin fumar ningún libro era bueno, que ya no disfrutaba leyendo. Meses después volví a verlo y me pareció que se veía hermoso cuando encendió un cigarro y me dijo, mirándome a los ojos: “Estoy rehabilitado”. Coincidentemente aquella tarde mi amigo me habló sobre autores fabulosos que acababa de descubrir, sobre novelas impensadas y poemas geniales.

No voy a explayarme aquí sobre los motivos que tuve para dejar de fumar. Basta decir que se relacionan con la cobardía y la ambición. De pronto descubrí que quería vivir más. Qué cosa más absurda, realmente: querer vivir más. Como si uno fuera, por ejemplo, feliz. En fin. Dejé de fumar y a la semana siguiente, cuando tuve que sentarme frente al computador para escribir mi columna, fui incapaz de hacerlo. Más bien: estuve diez horas intentando concentrarme. Esperé hasta último minuto, confiando en que la hora del cierre funcionaría como un aliciente mágico, pero nada. Tuve que llamar muy avergonzado a mis editores, a quienes aprovecho de agradecer su comprensión. Sinceramente pensé que no volvería a leer ni a escribir una línea. Pero esta historia, como se ve, termina bien. Muy de a poco, por fortuna, lo conseguí. Y estoy orgulloso. He vuelto a leer y a escribir. Y a fumar.

 

Publicado en La Tercera, 4 de marzo 2012. Tomado de acá.


La educación no es un bien de consumo (por Alejandro Zambra)

En marzo del año 2000 conseguí trabajo como profesor en un instituto ubicado en el centro de Santiago. Tenía entonces veintidós años y mis alumnos treinta y hasta cincuenta. Estudiaban en jornada vespertina carreras como Administración de empresas o Computación o Secretariado y yo debía enseñarles “Expresión oral y escrita” según un programa rígido y anticuado. Intenté en las primeras clases cumplir con lo que se me pedía, pero mis alumnos llegaban muy cansados de sus trabajos y creo que todos en la sala nos aburríamos mucho. Entonces preferí olvidarme del programa y dediqué las clases siguientes a enseñarles a escribir cartas. Parecían desconcertados pero empezamos a pasarlo bien. Escribían a sus padres, a amigos de la infancia, a sus primeros novios. Recuerdo que una alumna le escribió al Papa para comunicarle por qué ya no creía en Dios.

Una noche, al comienzo de la clase, un alumno levantó la mano y me dijo que quería escribir una carta de renuncia, porque pensaba renunciar a su trabajo. Comenzó a hablar, enseguida, de los problemas que tenía con su jefe, y entre todos intentamos aconsejarlo, hasta que alguien le dijo que era un irresponsable, que debía pensar primero de qué iba a vivir y cómo iba a pagar el Instituto. Se hizo un silencio pesado y grave, que no supe llenar. Yo quiero escribir la carta, nos dijo él, entonces: no voy a renunciar, no podría, tengo hijos, tengo problemas, pero igual quiero escribir esa carta. Quiero imaginarme cómo sería renunciar. Quiero decirle a mi jefe todo lo que pienso sobre él. Quiero decirle que es un concha de su madre, pero sin usar esa palabra. No es una palabra, son varias palabras, dijo una alumna que se sentaba en la primera fila. ¿Qué? Que son cuatro palabras, profesor: concha-de-su-madre.

Nos reímos largo y empezamos la carta, escribimos los primeros párrafos en la pizarra. Y como el tiempo se acabó, quedamos de retomar el ejercicio a la clase siguiente. Pero no hubo una clase siguiente. Llegué el lunes con el tiempo justo para tomar la carpeta e ir a la sala, pero el edificio estaba cerrado e incluso acababan de pintar la fachada. El instituto no existía más. Me lo explicaron los alumnos, desolados. Habían pagado sus mensualidades e incluso varios de ellos el año completo, por adelantado, para aprovechar un descuento. Los alumnos protestaron, fueron al Ministerio de Educación, pero consiguieron poco o nada. “Itesa está contigo, Itesa es tu camino”, decía el comercial del Instituto en la tele. Y claro, Itesa rima con tristeza.

Chile no quiere que historias como esa sigan sucediendo. La causa es justa, el mensaje es claro y simple: Chile quiere educación gratuita y de calidad. Lo dicen las encuestas, pero sobre todo lo dice la multitud en las manifestaciones, y también cada noche, en los barrios, tocando las cacerolas: estudiantes de instituciones públicas y privadas, y también sus padres, sus abuelos, sus hermanos pequeños. ¿Hay que explicarle esto al mundo? No lo creo. Más bien hay que explicar por qué un grupo muy minoritario de chilenos piensa que pedir educación gratuita es una insensatez. “La educación es un bien de consumo”, dijo hace unas semanas Sebastián Piñera y luego tartamudeó una explicación que no convenció a nadie. “Nada es gratis en esta vida”, filosofó más tarde, como si fuera un padre que descubre en el hijo ideales hermosos pero inalcanzables y su misión fuera mostrarle la cruda verdad. Eso piensan quienes nos gobiernan. No consideran grave que las instituciones lucren impunemente. Que unos pocos se hagan más ricos a costa de los más pobres.

Pinochet destruyó la educación chilena y los gobiernos democráticos aceptaron la pérdida con resignación y hasta con indolencia. Los años noventa parecen, a la luz del presente, incomprensibles: el discurso oficial insistía en que Chile era el jaguar del Latinoamérica, un país rico, un ejemplo para el vecindario, y de seguro había compatriotas que se sentían orgullosos y celebraban los tratados de libre comercio como si fueran triunfos deportivos. Y hasta cundió cierta conciencia de que Chile jugaba en las ligas mayores, que el nuestro era un país serio y responsable: el mejor alumno del curso, pero no el que hacía las mejores preguntas o el que se atrevía a pensar por sí mismo, sino el que se quedaba callado y anotaba todo y que, como respondía mansamente lo que los profesores querían escuchar, sacaba las calificaciones más altas. El que buscaba en el recreo un rincón apartado para comerse su sándwich y no convidarle a nadie.

La gente sufría, mientras tanto. El pueblo, aunque esa palabra entró en desuso, porque se hablaba ahora de la gente. El movimiento actual es el resultado de una larga frustración. “A otros enseñaron secretos que a ti no/ a otros dieron de verdad esa cosa llamada educación”, cantaban Los Prisioneros en los años ochenta. Todos los chilenos conocemos esa canción, y creo que muchos aprendimos el do, el sol y el fa solamente para aporrear la guitarra y entonar esa letra tristísima y amarga: “Ellos pedían esfuerzo/ Ellos pedían dedicación/ y para qué/ para terminar bailando/ y pateando piedras”. Así son las fiestas chilenas: no sabemos si empiezan con The Cure o con Charly García o con una cumbia, pero terminan siempre con alguien rasgueando esas tres notas y los demás cantando a coro, bastante borrachos y también un poco enfermos, un poco drogados de nostalgia: “Unanse al baile/ de los que sobran/ nadie nos va a echar de más/ nadie nos quiso ayudar de verdad”. Los que tuvimos oportunidades y los que nunca las tuvieron: todos cantamos la letra de ese baile que sin embargo no podríamos, no sabríamos bailar.

El movimiento actual viene gestándose desde hace décadas y es tiempo de que se lo escuche. Lo que está pasando es bello e importante. Los estudiantes chilenos están cambiando la historia. Y sólo cabe apoyarlos y agradecerles el Chile que viene.

Publicado en el suplemento “Ñ” de diario Clarín (Argentina). Tomado de allá.


Árboles cerrados (por Alejandro Zambra)

La historia de Bonsái es la historia larga de un libro corto:

Hace nueve años, una mañana de 1998, encontré, en el diario, la fotografía de un árbol cubierto por una tela transparente. La imagen pertenecía a la serie “Wrapped Trees”, de Christo & Jeanne Claude, dos artistas que, según decía la nota, recorrían el mundo envolviendo paisajes y monumentos nacionales. Recuerdo que escribí, por esos días, un poema no muy bueno que hablaba de árboles cerrados, encerrados. Y luego di con los bonsáis, tan parecidos, en un sentido, a los árboles de Christo & Jeanne Claude, aunque abreviados, a la fuerza, por el capricho de la poda.

Escribir es como cuidar un bonsái, pensé entonces, pienso ahora: escribir es podar el ramaje hasta hacer visible una forma que ya estaba allí, agazapada; escribir es alambrar el lenguaje para que las palabras digan, por una vez, lo que queremos decir; escribir es leer un texto no escrito, tal como observa Marcelo Pellegrini en un poema que en ese tiempo constituía, para mí, una inquietante música de fondo: “Para leer lo que quiero leer/ Tendría que escribirlo/ Pero no sé escribirlo/ Nadie sabe escribirlo”.

Quería escribir –quería leer– un libro que se llamara Bonsái, pero no sabía cómo: tenía sólo el título y un puñado de poemas que crecía y decrecía con el paso de los meses. De esa época es “El alambrado”, uno de los pocos textos que conservo, y que transcribo ahora, en calidad de homenaje a esas horas perdidas: “En todo caso el árbol continúa/ Su absurdo crecimiento en los alambres/ Incluso si su forma se detiene/ Un árbol es un golpe de raíces/ Que rompen la costuras del bolsillo/ Incluso si sus ramas se detienen/ Y hacen la figura sospechosa/ Del tiempo acomodado en su maceta/ El árbol continúa en los alambres/ Creciendo como un árbol crecería”.

La controvertida belleza de los bonsáis me remitía a una escena o a una historia que no deseaba contar sino solamente evocar: la historia de un hombre que en vez de escribir –de vivir– prefería quedarse en casa observando el crecimiento de un árbol. Ese hombre no era yo, desde luego, sino un borroso personaje al que contemplaba desde una cierta distancia. En la primavera del año 2001, sin embargo, esa distancia tendió a desaparecer, pues dos amigos me regalaron un pequeño olmo (“para que escribas tu libro”, me dijeron), de manera que me vi, de pronto, convertido en el personaje de una historia que aún no había escrito. Cuidé el bonsái lo mejor que pude: conseguí manuales, consulté a expertos, e incluso, en un arranque de paternidad responsable, me suscribí a la revista española Bonsái actual. Poco después partí a Madrid, por un año. A mi regreso el olmo se había secado por completo.

No recuerdo con precisión el momento en que Bonsái comenzó a ser (o a parecer) una novela. Desconfiaba de la ficción; desconfiaba, en especial, de que fuera capaz de contar una historia, de que hubiera, para mí, una historia que contar. No quería escribir una novela, sino un resumen de novela. Un bonsái de novela. Borges aconsejaba escribir como si se redactara el resumen de un texto ya escrito. Eso hice, eso intenté hacer: resumir las escenas secundarias de un libro inexistente. En lugar de sumar, restaba: completaba diez líneas y borraba ocho; escribía diez páginas y borraba nueve. Operando por sustracción, sumando poco o nada, di con la forma de Bonsái.

Escribí la novela, finalmente, durante los primeros meses del año 2005. Antes de publicarla la leí y me gustó, aunque ya no era ese el libro que quería leer. Poco después comencé La vida privada de los árboles, una novela que, en más de un sentido, es el reverso del Bonsái. Pero esa es otra historia, creo. Walter Benjamin decía que el arte de contar historias es el arte de saber seguir contándolas. No sé si entiendo bien la frase, pero me parece oportuna para cerrar estas líneas. Otra vez: el arte de contar historias es el arte de saber seguir contándolas.

Publicado en Piedepágina, número 12. Tomado de acá.