Formas de volver a casa (por Rodrigo Pinto, revista Sábado)

Hay diversas maneras de hablar de esta novela. La más obvia es decir que se trata de un libro intensamente literario, que se estructura sobre la base de dos relatos aparentemente paralelos pero que se superponen en más de un sentido; de un lado, está la historia de Claudia, en los capítulos 1 y 3; del otro, la historia del narrador –un escritor que podría ser Alejandro Zambra-, en los capítulos 2 y 4, que muestra cómo la escritura de la novela influye en su biografía y en su relación de pareja. Ambas confluyen, en el nivel más amplio, en el tema de la memoria, en cómo se constituyen los recuerdos y en cómo las diversas lecturas de los mismos hechos terminan por constituirse en un relato tan insustituible como variable. Al fin y al cabo, la biografía –la propia, la del otro, la del personaje creado- es mudable, un puro objeto de lectura que se recorta más sobre los recuerdos –reales, inventados, intervenidos por el tiempo- que sobre los hechos; y esta novela es un trabajo ejemplar en este sentido, puesto que ambas historias son diversas posibilidades de la misma biografía.

Pero los porfiados hechos, no se entienda mal, existen, están ahí, son el soporte de toda historia. Y por ahí se articula otra manera de hablar de Formas de volver a casa, como una novela que habla sobre cómo una cadena de hechos –la dictadura, sus prácticas represivas y el clima de silencios, omisiones y secretos- influyó en la generación que comenzó su educación formal en esos años. Los niños que espían a los adultos y no entienden ni las más amables formas de la mentira, aunque los sancionan a ellos si caen en la misma falta. Los niños que aprenden, unos más pronto que otros, a procesar las diversas formas de la culpa, de la sospecha y del miedo; y de cómo esas marcas biográficas influyen en sus decisiones de adultos.

Adultos y niños. Ahí está el tercer vértice de esta novela o la tercera posibilidad de lectura: es una novela sobre padres e hijos y sobre esos tránsitos -que a veces duelen mucho- de la infancia a la adolescencia y a la adultez, que cambia las miradas y suele endurecer los juicios sobre la anterior. Una novela sobre el regreso a la memoria, al recuerdo, a la pieza de la infancia, pero ya desde una distancia irrecuperable, la distancia de la mirada adulta.

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 4 de junio de 2011. Tomada de aquí.

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