Chile construcciones (por Damián Huergo, Página 12)

“Me preguntaba qué validez tiene contar una historia, a quién le interesa”, dijo Alejandro Zambra en una entrevista que concedió a este diario, hace unos pocos años. El desprestigio de las “historias” en la literatura, aunque parezca un oxímoron, es la columna vertebral de cierta tradición literaria que apuesta al lenguaje y el libre juego de las formas como única alternativa para la experimentación. Tal tesis tuvo su gloria warholiana en los claustros universitarios –de toda Latinoamérica– en la década del noventa. Zambra –según su testimonio– fue uno de esos alumnos que se formó llenando apuntes sobre la ausencia absoluta de significados, conceptos “líquidos” y odas a la hegemonía de la imagen, entre otros postulados teóricos que generaban desconfianza por el género. Sin embargo, las personas –como los softwares– pueden formatearse. Y en sus primeras novelas, Bonsái y La vida privada de los árboles, el joven escritor chileno permitió que crezcan historias –de parejas– a la par que fue reflexionando sobre el oficio del escritor. En Formas de volver a casa Zambra vuelve sobre ambos tópicos. Como si redoblara su apuesta narrativa, lo hace entretejiendo dos historias con el hilo fino, preciso y poético de su prosa; demostrando que en literatura, a diferencia de la ciencia matemática, más y más pueden dar positivo.

Formas de volver a casa empieza con las consecuencias del terremoto de 1985 en Chile y termina con el cataclismo del 2010. El marco temporal va desde el pasado al presente, desde la dictadura de Pinochet hasta el gobierno de Piñera. En medio de ambos derrumbes, Zambra construye dos historias que tienen la flexibilidad y la capacidad estructural para ser protagónicas y secundarias a la vez. Los cuatro capítulos que la integran intercalan dos relatos, dos voces, utilizando un pastiche de recursos narrativos (diario de autor, poemas, relatos, citas, saltos cronológicos) que encuentran su forma exacta al deformar la estructura tradicional del género.

En la historia que abre el libro, un narrador evocativo repasa su infancia en un barrio clasemediero –supuestamente– ajeno a la coyuntura política. En esa época, el pibe de nueve años debía espiar a uno de sus vecinos, por pedido de Claudia, su pretendida. A pesar de ignorar los motivos lo hace con disciplina, como si de ello dependiera su primera conquista sentimental. Una vez planteado el conflicto, la aventura se interrumpe de golpe, dando paso a la voz –y al diario– del autor. En la segunda historia, el autor escribe sobre el proceso creativo y sensitivo de la anterior historia. En el camino traza paralelismos entre los personajes y su vida, por ejemplo cuando señala la pasividad de sus padres en la dictadura o cuando le dice a su (¿ex?) novia, Eme, que Claudia está moldeada con la misma arcilla que ella.En varias ocasiones, Eme le pregunta al autor si está escribiendo una historia de amor. El no contesta. No lo tiene claro. Como en las piezas clásicas de jazz, la trama y la forma que contiene la novela se van armando mientras se escribe. De este modo, el autor (alter ego de Zambra) reelabora su hoja de ruta y explora un terreno poco frecuentado por la literatura: la voz de los hijos de aquellos padres que callaron durante los años de terrorismo de Estado. Como al pasar, los personajes jóvenes lanzan preguntas como flechas salvajes hacia posiciones moralmente establecidas: ¿qué tienen para decir los que la vieron de costado, sin víctimas ni victimarios en su círculo íntimo? Si muchos se la jugaron “para que los hijos tengan un mundo mejor”, ¿qué hicieron sus padres? ¿Fue por cobardía o por connivencia que se quedaron con los brazos cruzados? Así, Zambra desnuda la ingenua complicidad civil de un sector que acompañó a Pinochet justificándolo por su bienestar económico, y que años más tarde, en las urnas, recicló a la derecha como una continuidad del temblor.

No recuerdo quién decía que, vista desde lejos, “una casa derrumbada también puede ser una casa en construcción”. Formas de volver a casa muestra un Chile derrumbado por cuestiones naturales y políticas. Sin embargo, la literatura de Zambra, contemporánea y nada derrotista, clásica y experimental, nos deja la sensación de que allí donde hay escombros desparramados están las paredes de la casa que habitaremos mañana.

Publicado en Página 12, 24 de julio 2011. Tomado de acá.

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