Un lector para su época (Miguel Ángel Petrecca, Revista Ñ, Clarín)

La novísima editorial Excursiones, dedicada al ensayo argentino y latinoamericano, decidió lanzarse al ruedo con un volumen que reúne crónicas y ensayos sobre literatura del poeta y novelista chileno Alejandro Zambra. Se trata de una versión ampliada de la edición chilena, compilada y editada tiempo atrás por Andrés Braithwaite. El título del libro (No leer) proviene de uno de los mejores ensayos del conjunto pero también alude, como se explica en la nota introductoria, al “placer de no leer algunos libros”, un placer que Zambra dice haber descubierto al abandonar la crítica literaria semanal.

Ensayos bonsái

El libro está dividido en tres partes: la primera (la más extensa) y la segunda contienen reseñas de libros, retratos de escritores, crónicas y ensayos sobre temas tan diversos como la experiencia de viajar con libros, el oficio de escribir, la lectura en fotocopias y, como señala el título del libro, la no lectura. La última parte, en cambio, con apenas dos textos, funciona como una coda y está más enfocada en el surgimiento de su voz narrativa. Todos los textos, más allá de esta división, tienen en común el pertenecer a un territorio híbrido, entre la prosa periodística, la crónica y la ensayística, al cual le sienta bien el término “ensayo bonsái”, acuñado por Fabián Casas.

El libro, en su conjunto, puede verse como una historia personal (y por momentos generacional) de la lectura: la historia de la formación de Zambra como lector. Esta historia abarca, por un lado, la creación de un panteón de autores. Ahí la presencia de numerosos poetas nos recuerda que Zambra comenzó escribiendo poesía antes de convertirse en narrador. Los nombres también permiten trazar las dos coordenadas básicas del espacio donde se para Zambra como escritor: hacia dentro de Chile, en el polo antipoético opuesto a la retórica nerudiana; hacia afuera, recortado contra el fondo del boom latinoamericano, del que hace una lectura crítica, inclinándose por autores laterales, como Julio Ramón Ribeyro.

En tanto biografía de un lector, por otro lado, No leer nos muestra diferentes prácticas de lectura y momentos fundantes de esa biografía. Así, en “Lecturas obligatorias”, que no casualmente abre el volumen, Zambra se remonta a sus orígenes como lector. Tras contar cómo su profesora de castellano del Instituto Nacional les dio una semana de plazo para leer Madame Bovary, señala: “Así nos enseñaron a leer: a palos. Todavía pienso que los profesores no querían entusiasmarnos sino disuadirnos, alejarnos para siempre de los libros”. En “Elogio de la fotocopia”, en cambio, remite a la experiencia de una generación, para la cual la fotocopia significó una posibilidad de acceso a la cultura, comparable a lo que poco después permitiría Internet: “Es bueno recordar que aprendimos a leer con esas fotocopias que esperábamos impacientes, fumando, al otro lado de la ventanilla. Unas máquinas enormes e incansables nos daban, por pocos pesos, la literatura que queríamos. Leíamos esos tibios legajos y luego los guardábamos en las repisas como si fueran libros. Porque eso eran para nosotros: libros. Libros queridos y escasos. Libros importantes”. Por último, en “Cuatro personas”, reflexiona sobre la importancia del cenáculo literario y sobre el papel que cumple en la formación de un escritor joven la lectura solidaria entre un pequeño grupo de escritores-lectores que se influyen y critican mutuamente.

La prosa de Zambra es culta y entretenida. Maneja con destreza el humor (sobre todo en su variante irónica, como en “Contra los poetas”) y también un tono más grave, cuasi elegíaco por momentos, como en la crónica y retrato que le dedica al gran poeta Gonzalo Millán. “Apuntes sobre Gonzalo Millán” es el nombre de este ensayo, y en él Zambra hace un balance de la obra y la vida de Millán a través de tres momentos: el de Relación personal, su primer libro, de 1968, que Zambra lee como el reverso de un proyecto novelístico frustrado; Veneno de escorpión azul, el diario que llevó Millán, enfermo de cáncer terminal, durante su último año de vida; y por último Archivo Zonaglo, donde narra su encuentro personal con Millán y se detiene en las fichas que este elaboró y atesoró a lo largo de años. El retrato que construye es lúcido y entrañable, como son los que les dedica a Nicanor Parra, a Ribeyro y a Bolaño. En cada uno de ellos transmite efectivamente la pasión del lector.

Leer, después escribir

Al comienzo del libro Zambra cuenta que durante un tiempo, cuando todavía no había publicado su primera novela y vivía de escribir reseñas, tuvo miedo de transformarse en el crítico literario de su generación: temió convertirse en el eterno lector de los libros de los otros. Es este lugar, sin embargo, “el lugar del lector”, el que Zambra, como Borges, termina reconociendo aquí como su destino. Escribimos, dice, los libros que querríamos leer. Escribir es, en ese sentido, “leer un texto no escrito”.

 

 

04/03/13, aquí


Una novela grande (por Mauro Libertella, revista Ñ)

Hace varios años que venía circulando el rumor de que Alejandro Zambra estaba escribiendo una “novela grande”. El concepto es ambiguo y en su caso tramposo, porque el adjetivo referencia a un mismo tiempo el volumen del objeto y la tesitura, la densidad del hecho literario. Como todo rumor, su origen es incierto y sería estéril reconstruirlo, pero había algo en las exquisitas novelas que había publicado antes el chileno – Bonsai y La vida privada de los árboles – que nos avalaban a estructurar una lectura creciente, como si sus relatos estuvieran secretamente encadenados y uno implicara al otro. En ese sentido, ¿por qué pedirle a Zambra una “novela grande”? Chile es, siempre se dijo, un país de poetas, y Bolaño fue el último gran estallido que erigió y a su modo clausuró la posibilidad de escribir un relato total. Zambra entendió como nadie la lección, y abocó su escritura pausada y meticulosa a la construcción de novelas breves, depuradas, refractarias al despliegue del ego y los alardes del lenguaje. Hay en Formas de volver a casa , publicada este año, un doble movimiento que produce en el lector un notable encandilamiento: la novela es una vuelta a “lo literario” pero sin usufructuar las marcas típicas de lo literario (la sobreadjetivación, la bajada de línea, el chiste estructural). Hay algo etéreo, fresco, casi milagroso en lo que podríamos llamar el armado del libro. La historia es compleja y conjuga temporalidades y narradores, historias y puntos de vista. Pero esa voz tenue, milimétrica, que nunca se excede y que sin embargo nunca nos ofrece menos de lo que podría, que es lo que ya había mostrado, de un modo más incipiente el narrador Zambra, cobra en este libro una forma acabada. Así, Formas de volver a casa es el final de un ciclo, el tercer tomo de un tríptico fantasma, pero parece ser también un punto de giro y la primera piedra de una obra futura.

En una entrevista reciente, Zambra resumió el crisol de tópicos que pueblan la novela en una especie de lista sábana de la trama: “Es una novela sobre la relación entre padres e hijos; sobre el Chile de los años ochenta y el Chile de ahora; sobre la memoria; sobre el modo en que nos relacionamos con los recuerdos de la infancia; sobre las fotografías familiares, lo que muestran y lo que esconden; lo que siempre estuvo ahí y no éramos capaces de ver”. La materia narrativa es, a su modo, compleja, pero Zambra la reduce a un grado cero de la escritura para el siglo XXI, a una forma esquelética que no enturbia las relaciones entre todos esos elementos narrativos, los pone a un mismo nivel y de ese modo puede trabajar, como un orfebre, con cada uno de esos elementos (las relaciones familiares, el trasfondo político, etc.) con la misma intensidad y dedicación, sin armar jerarquías ni subordinaciones. En ese sentido, Formas de volver a casa es una novela ambiciosa, una novela grande; un “do de pecho”, como dicen misteriosamente los españoles.

 

Publicado en Ñ, de Clarín, 30/12/2011. Tomado de acá.


Formas de volver a casa (Tamara Kamenszain, revista Ñ)

En Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra, novela que juega al límite con la posibilidad de ser autobiográfica, la madre del narrador –un joven escritor que visita la casa paterna– le pide opinión sobre un libro que a ella le gustó mucho. Para el narrador el libro es malo y esa es su respuesta tajante. De esa noche, en la que trata de dormirse en su cuarto de infancia, evoca: “Me dormí recordando la voz de mi madre diciéndome: ‘Deberías ser más tolerante’”. En mi caso, debo decir que la recomendación de leer esta deslumbrante novela de Zambra, como tantas otras que suelen dar en el blanco de mis preferencias literarias, se la debo a mi hijo. El, sin mostrar excesivo interés en esas preferencias mías, parece sin embargo estar poniendo a funcionar una especie de intuición familiar que tal vez sea genética. Julia Kristeva, cuya conferencia “Ser madre hoy” acabo de escuchar en el marco del honoris causa que le otorgó la UBA, negaría que se trate de una intuición genética. Arriesgada como siempre, la pensadora se atreve a reflotar términos casi anacrónicos como amor, pasión, o incluso madre, para construir la sugerente noción de “pasión materna” que vendría a desbiologizar el vínculo con el hijo, devolviéndole a la mujer esa capacidad sublimatoria que hasta ahora el psicoanálisis atribuía a la función paterna. La pasión materna, en cambio, no es una función sino una experiencia de amor por la que la madre, al transmitir el lenguaje, transmite a un tiempo pasión por ese lenguaje. Así, dejando en un acto de desprendimiento que el otro lo haga suyo, ella también aprende a hablar de nuevo. Tal vez tanto en el caso de la madre zambriana como en el mío propio, cada una a su modo, transmitimos y nos dejamos transmitir en un ida y vuelta donde el lenguaje no es instrumento sino experiencia. Y ese otro término anacrónico, “tolerancia”, que ella le pide al narrador, podría servir también para aludir al desprendimiento que haría posible pensar la literatura no como un artificio avalado por el gusto sino como otra de las formas de volver a casa.

Publicado en revista Ñ, de Clarín, con fecha 23/11/11. Tomado de acá.